¿PODEMOS?

 

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“Jefes de los Gobiernos más poderosos se reúnen un viernes para debatir y trazar la línea de acción correcta que deben seguir, pero aguardan temblorosos a la reapertura de los mercados bursátiles el lunes siguiente para comprobar si esa decisión que han tomado lleva o no todas las de perder.” (Bauman, Zygmunt y Bordoni, Carlo, Estado de crisis, Paidós, 2016). La cita con la que abro este artículo me parece más que oportuna para describir la situación / sensación perpetua de incertidumbre en la que vivimos, de “interregno” (por utilizar el término de Antonio Gramsci que recuperan para su análisis de nuestro presente los autores arriba mencionados en su ensayo) en el sentido de época, la nuestra, la de ahora mismo, en la que las viejas formas de hacer las cosas en general, y de hacer política en particular, han dejado de ser útiles, a la par que aún no hemos dado con otras que hayan demostrado su eficacia como sustitutas viables.

El final de la cita resulta bastante elocuente y el lector que no haya leído el ensayo podría concluir, falsamente, que la elección de la frase “lleva o no todas las de perder” en lugar de la más ubicua “lleva todas las de ganar” corresponde a una visión sombría de los analistas sobre nuestra realidad socioeconómica y política. No obstante, el tristemente desaparecido sociólogo y pensador polaco y el estudioso italiano no hacen otra cosa que constatar el desafío diario al que una economía deslocalizada somete a los estados nación. También apuntan ambos estudiosos a los movimientos ciudadanos que se han ido produciendo en diversos puntos del planeta, con especial relevancia en nuestro país, como respuesta airada y necesaria a ese desafío que pretende hacernos creer que cualquier pretensión de cambio global está condenada al fracaso ante los verdaderos poderes, los de los mercados, que “vuelan” por encima de los estados.

El interregno que define a nuestra época bien podría aplicarse al mucho más estrecho y desalentador margen de tiempo que ha ido mediando desde los años ochenta entre esos viernes de reuniones de ministros más o menos fructíferas y los posteriores mazazos y llamadas al orden de los inversores extranjeros desde Tokio o Wall Street. Si apuramos la metáfora, también serviría para calificar el actual clima de espera en nuestro país ante la inminente celebración de nuevas elecciones generales. Una incertidumbre que se tiñe de preocupación por un posible aumento del voto de ultraderecha que no sólo dejaría vía libre a los desmanes de los mercados, sino que, en palabras del director de este diario, Jesús Maraña, “no disimula su intención de arrasar con derechos y libertades.”

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TODO INCLUIDO

Díganos: pudo haberlo evitado y, sin embargo, coadyuvó en el accidente.

la maldad, esa categoría moral, a Rufino Rodríguez siempre le pareció una de dos: o cosa infantil, de películas de Hollywood donde los malos son malos porque sí, porque tiene que haber granos que perturben la serenidad del universo, porque quieren controlar el planeta

díganme, ¿no lo controlan ya?, ¿entonces?

porque fuman puros mientras hablan de espaldas para que no les veamos sus sucias caras de malos, ¿no?, no, sucias no, los malos malos las llevan siempre bien lavadas y afeitadas, tipos atractivos, mujeres atractivas de melenas largas

porque son dueños de voces aterciopeladas, insidiosas

para que luego digan que siempre es mejor la peli original con subtítulos, claro, y así perdernos esas tremendas voces de nuestros actores de doblaje, actorazos tenemos, oiga, ¿y qué sería de toda esa gente si se hundiera la industria del doblaje? yo se lo diré: al paro, toda esa gente de cincuenta y tantos para arriba se iría al puñetero paro, vergüenza de país, que ésas son sus edades, año arriba, año abajo, VER-GÜEN-ZA

Conteste a lo que se le pregunta, por favor.

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La importancia de “ser original”

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En la entrevista que el pasado siete de diciembre pudimos leer en el suplemento de libros del diario Infolibre, Los diablos azules, a la escritora Sara Mesa a propósito de la publicación de su última novela, Cara de pan, interpreté que la autora rechazaba la pregunta que solían hacerle: “¿qué has querido decir con esta novela?”. Más adelante, afirma que “no puedo explicar la pauta de interpretación de esta o de cualquier otra novela, porque yo misma no la sé o no la tengo clara.” Y remata: “a mí que me pidan que exprese de otra manera qué he querido decir en la novela me pone muy nerviosa, de eso ya se encarga la crítica, la publicidad, todo lo que rodea al libro.” El volver a cuestionar un dogma como el de las “supuestas claves interpretativas” de toda obra de ficción da cuenta de la robusta salud de la que gozan, aún hoy en día, los estereotipos o ideas preconcebidas o populares sobre la escritura de novelas, la escritura en general y los escritores.

A partir de esta entrevista y de algunas consideraciones sobre la cuestión suscitadas por la reciente serie El embarcadero, que estoy “siguiendo” en estos tiempos de redes sociales donde todo el mundo “sigue” a todo el mundo, donde nos convertimos en “influencers” o en “followers”, trataré de centrarme y desmontar tres de estos estereotipos o mitos que siguen circulando sobre el arte de la escritura creativa.

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AVIESAS INTENCIONES

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Basado en una

historia real.

                El hombre se sentó en el mismo banco del paseo, el que está más próximo al parque donde juegan los niños. Como ayer, cuando lo vi por primera vez, no llevaba periódicos, ni revistas, ni usó su móvil. Tal vez no tenga móvil. Todavía quedan personas mayores, como él, que no lo tienen. Igual lo tiene, pero se lo dejó en casa porque a veces se despista. Igual lo llevaba en algún bolsillo y tan sólo aguardaba una oportunidad para sacar una foto. Saludó a algunos vecinos que pasaron por su banco. Reuniones breves, de unos cinco minutos a lo sumo. Legales. Por lo demás, no hizo nada. Salvo observar a los niños.

Esta mañana, el hombre volvió a ocupar su asiento. Como sospechaba, tampoco sacó ningún móvil. Ni rastro de periódicos o revistas. Durante el tiempo que estuve observándolo desde mi terraza (más de treinta minutos, calculo), se mantuvo casi inmóvil, con las manos apoyadas en el regazo y los dedos entrecruzados, como vienen haciendo los jubilados españoles desde que se inventó la jubilación, allá por los años dorados del Caudillismo. Sólo la cabeza giraba despacio a un lado y a otro de cuando en cuando. Los gritos de los niños sofocaban los trinos de los pájaros y la lavadora del tráfico que rodaba al otro lado del paseo. Llamaron su atención. Se quedó un buen rato, más de diez minutos, observando a los niños. Fue en ese tiempo que le hice algunas fotos. Se podrían necesitar pruebas…

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BUENA SUERTE

 

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Las malas lenguas, por malas, por viperinas, se equivocaban. No era cierto eso de que el hombre había tenido tanta buena suerte. En cuarenta años de desgaste en loterías, tragaperras y promociones, sólo le había tocado una vez El Gordo (y hacía ya más de veinte años), y el sorteo de los dos mil euros mensuales para toda la vida de Nescafé.

Trago largo al Jack Daniels. Por fin le hablaba al famoso yanqui de la botella de tú a tú. Si se hubiera decidido a aprender el maldito inglés, en vez de levantar altares al whisky, ahora se estaría codeando con el tejano de dos metros que se arruinaba a su derecha.

Mirada larga al reloj. Faltaba muy poco para que se abrieran las puertas del bufé llamando a la cena. Aún quedaba tiempo para la última partida de la tarde. Después de cenar, se dejará ver por las tragaperras por una horita más o así. Instalado en la barra del cóctel bar, se hará servir otro Jack Daniels. Animado (embriagado, en realidad, qué palabra, em-bria-ga-do, qué nivel), concluirá la velada ante un tercer o cuarto Jack, que había perdido la cuenta, cerca, muy cerca, la olía, de la tinta de los billetes de cien dólares que cincuentones de mostachos blancos, mejillas coloradas y gorros vaqueros exhibían un minuto antes de introducirlos en las ligas de aquellas muchachas tan simpáticas, las olía, que nunca pasaban frío por poca ropa que llevasen. Satisfecho, acabará por encontrar, él solito, la ruta que lo devolverá a su habitación. Cabezada de siete horas y como un clavo en el bufé para el desayuno del día siguiente.

Trago largo al Jack. ¡Quién se lo iba a decir! Codeándose con auténticos y rudos vaqueros del Oeste. Escasos centímetros de barra lo separaban de yanquis almidonados de trajes a rayas, hechos a medida, que no temían desplumarse (sí, ésa era la palabra siempre en boca del gran Wayne, desplumarse, qué nivel) en los casinos. El sueño de toda una vida de Nescafé hecho realidad. Hecho carne. (Hecho pedazos).

No estaban saliendo nada mal aquellas vacaciones en Las Vegas. Nada mal.

AÑOS DORADOS

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Tras una década de numantina resistencia, harta de la machacona idea de la nieta de acudir como público al programa de televisión que veía cada tarde, la septuagenaria accedió a marcar el número mágico. No sólo no tardaron en catapultarla al estrellato de los míticos estudios de Prado del Rey, donde compartió asombro, bocadillo de atún, Batido Mediterráneo sin azúcares añadidos y aplausos con un grupo nutrido de la tercera edad de Villalgordo del Júcar y otro nutrido grupo de la misma edad de la cercana localidad de Dolorosa de Hellín, no sólo sus vecinas del barrio se tragaron su envidia y su cara en todo un primer plano hasta tres veces, no sólo tuvo la dicha inmensa de conocer en persona al simpático y apuesto presentador del que obtuvo, además, autógrafo y dos besos en sendas mejillas, no sólo todo esto le fue dado, sino que regresó con un plan bajo el brazo. Un plan que cambiaría, de manera drástica e irreversible, el resto de sus días dorados.

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PERÍMETRO DE SEGURIDAD

 

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Desde el último “altercado”, cuando “se desplegaron” numerosos “efectivos” y lo llenaron todo de esas bandas blancas con rayas rojas, es difícil ver a los chicos (al gordito de la cresta verde y cazadora negra, al de pelo de cepillo pegado al móvil, a la chica de melena rosada y tatuajes y portentosa voz gutural que le abre el paso, a la de la cabeza rapada y media cresta rubia platino, al Bryan Miguel, de Senegal, que viste siempre chándal blanco a rayas negras) más allá del perímetro invisible que separa los edificios del barrio, apretados, a medio encalar, de siete u ocho plantas, de la manzana prohibida donde se yerguen ayuntamiento, tribunales de justicia, catedral, biblioteca y museo de historia de la ciudad. El barrio los contiene. Se trata, de este modo, de evitar nuevos “sucesos desagradables” que alteran la convivencia pacífica de los vecinos y el normal desarrollo de las actividades económicas. Por su propia seguridad.

DOS COPAS

 

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No estaba convencida, pero sí esperaba encontrarse un detalle. Una caja, de esas rojas, rellena de bombones. Una novela de Almudena Grandes, aunque no fuera la más reciente. Algo.

La mujer no había faltado a su cita ni un solo lunes durante los últimos veinticinco años. En ese cuarto de siglo habría visto al hombre en menos de diez ocasiones. Sí la recibían las notas, abandonadas en la cómoda del hall, sobre la cama siempre hecha del cuarto de huéspedes, a menudo, en la mesa del escritorio, arrancadas de agendas y libretas, donde el hombre garabateaba las instrucciones: “no se olvide de la puerta del garaje”; “hoy empiece por el salón”; “no tuve tiempo de pasarme por el cajero. Le pagaré la semana que viene”… A menudo la sorprendía el recuerdo de cuánto le costó, al principio, descifrar los intrincados jeroglíficos del médico. Hasta que lo consiguió. Lo que no había logrado aún era averiguar de dónde le venía al médico esa urgencia, revelada por la pésima caligrafía. Se suponía que las personas se apaciguaban con los años.

Ni rastro de los bombones. Nada de novelas. El único gesto que le llamó la atención ese lunes, después de veinticinco años, fue el hallazgo de las copas en la cocina. Yacían boca abajo sobre un paño. Todavía húmedas. Dos copas. ¿Había tenido el médico un invitado ese fin de semana? ¿Una mujer? Observó las copas de cerca, con la esperanza de detectar restos de lápiz de labios, pero el médico las había fregado a conciencia. El suceso era insólito: jamás, en ningún momento durante todo un cuarto de siglo, había leído indicación alguna relativa a la recepción de invitados. Jamás había tenido constancia la mujer de que el hombre atendiera visitas. Nunca había tropezado su olfato, finísimo, con olores traicioneros. Dos copas. Todavía húmedas.

Ese lunes no fue un lunes cualquiera. Era evidente que no estaba limpiando con la precisión acostumbrada. Las copas se le habían tatuado en la frente. Para cuando se disponía a marcharse, resolvió que se trataba de un gesto. El médico había lavado las copas y las había dejado a la vista con toda intención para hacerle creer que no estaba solo. Un regalo de aniversario. Para ella.

Operación «Reciclaje-Maquillaje» de La Monarquía

 

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Lo que más me irrita del ya viejo y prolongado escándalo que sacude a nuestra Real Casa es que piensen que somos imbéciles. Que nos traten como niños a los que se debe mantener apartados del fuego, de los enchufes, de los chuches ofrecidos por extraños y, en general, de cualquier peligro que amenace nuestras infantiles testas.

El episodio más reciente de la pestilencia borbónica que se ha apropiado del Estado, entre otras instituciones, y que hemos consentido, por omisión, sobre todo, a lo largo y ancho de otros cuarenta años de paz, apunta en la dirección de mantenernos, pobres súbditos incapacitados para el mínimo análisis, a salvo de aquellos aspectos de la vida que, por su crudeza, debemos dejar en manos de los adultos. Me refiero a la comparecencia, a petición propia, del aún director del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), el general Sanz Roldán, ante la Comisión de Secretos Oficiales, para ofrecer todo tipo de explicaciones acerca del contenido de las grabaciones que el comisario Villarejo (que, a este paso, va camino de convertirse en el comisario de policía más popular de España, con permiso de Pepe Carvalho) “arrancó” a la “entrañable amiga” del Emérito, la princesa Corinna, donde la rubia platino reveló una cascada de irregularidades que afectarían de lleno al padre del Rey Preparado.

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