Un nuevo caso para Eusebio Carvalho

Ya he llegado a una conclusión racional sobre su caso. ¿Desea que me acerque a su domicilio o prefiere venir al sanatorio?

En veinte minutos, media hora a lo sumo, estaría apretando el botón de mi portero, afirmó. Tiempo suficiente para darme una ducha rápida, ponerme algo cómodo, pero decente, preparar café y unas galletas. No negaré que estaba nervioso. Era comprensible: justo una semana antes, durante nuestro último encuentro, el detective Carvalho me había anunciado, con el semblante más serio de lo que acostumbraba, que en siete días tendría la respuesta sobre mi caso. Que aguardara mi llamada. Se acababa de cumplir el plazo y, en efecto, ahí tenía a Pepe, como un clavo, al otro lado de la línea.

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Sin moverme de mi casa

Hace unos días, como no tenía nada preparado para almorzar, me fui con mi hijo al bar de la esquina que está muy cerca de mi casa. No es un bar de esquina como los que llevamos en nuestro imaginario, ese disco duro que algunos, los más decididos, van llenando a medida que crecen y toman cuerpo, y del que sobresalen, por cabezotas, determinados recuerdos, ideas o prejuicios. Cierto que mantiene algunas características básicas: menú limitado; sillas y mesas metálicas donadas por alguna entidad sin ánimo de lucro; barra más larga que ancha; amplia selección de bebidas alcohólicas que nos contemplan desde las alturas; televisor grande, de los de pantalla plana, para que no nos perdamos nada mientras nos perdemos todo… Hasta ahí llegan las similitudes. Compensan la calidad de su comida casera, el buen trato de los propietarios, el rigor en la limpieza… Sin ser cafetería, por su luminosidad y aspecto decente, me aventuro a predecir que sería del agrado de Hemingway.

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