Un cuento (chino) de reyes

Hace mucho, mucho tiempo, en un país muy, muy lejano, vivió un rey que era muy, muy querido por sus súbditos. Ya siendo un príncipe, todo el reino comentaba lo alto y apuesto que era y lo agradable que se mostraba en las recepciones de palacio. El futuro monarca destacó tanto, tanto durante el extenso y exquisito periodo de instrucción civil y militar al que debió someterse, se empleó con tanta, tanta dedicación y esmero a aprender las tareas del buen gobierno que le esperaba, que pronto no quedó lugar en el reino donde no se alabaran a partes iguales su buen juicio y su impecable presencia. ¡Qué buen rey iba a ser!

Pronto llegaría la hora en que el joven príncipe debía comprometerse con una joven princesa. La elegida, como solía ser costumbre en aquellos tiempos tan, tan lejanos, resultó proceder de una familia real extranjera. Este hecho, sin embargo, no impidió que la joven princesa demostrara poseer todas las cualidades que harían de ella una perfecta consorte: paciencia, un carácter apacible y una exquisita discreción.

Al fin llegó el gran día en que los jóvenes debían sellar su amor ante la Iglesia y todo el reino. Por todos los rincones se celebraron festejos en honor de la flamante pareja. Como era costumbre en aquel país en aquellos tiempos tan, tan lejanos, los nuevos reyes tardaron un mes en recorrer uno a uno todas las regiones, ciudades y pueblos. Tantas manos estrecharon y tantos fueron los saludos enviados desde la carroza real, que todo el mundo estuvo de acuerdo en que nunca, en toda la dilatada historia de aquel reino milenario, había habido una pareja de reyes tan encantadora.

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¡Ellos se lo han buscado!

“A Ortega Lara habría que secuestrarle ahora.” Éste es uno de los tuits publicados entre noviembre del 2013 y enero del 2014 por el que su autor, el cantante del grupo Def con Dos, César Strawberry, ha sido condenado, nada más y nada menos que por el Tribunal Supremo, a un año de cárcel y a 6 años y 6 meses de inhabilitación absoluta por el delito de enaltecimiento del terrorismo y humillación a las víctimas. La sentencia ha sido casi unánime. Uno de los magistrados solicitó la absolución del acusado al interpretar que ése y los demás tuits del cantante no pasan de ser “meros exabruptos” propios de un tipo de “subcultura que los emite como manera de protesta frente a un establishment que, no sin razón, los excluye.”

En otro de esos tuits, el ahora condenado recordaba con sarcasmo el atentado contra Carrero Blanco y sugería su aplicación a otros miembros históricos de la derecha de este país. La propia nieta de Carrero, al conocerse la noticia, ha declarado que le parecía una barbaridad que alguien pudiese ir a la cárcel sólo por un comentario de ese tipo.

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Acto de servicio

Ni los técnicos de primeros auxilios, ni el juez de instrucción número cuatro o cinco (no recuerdo bien), ni el forense (al que hubo que esperar más de dos horas), ni el mayor (que se debatía entre quedarse como una piedra e informar minuto a minuto de los acontecimientos a sus compañeros del instituto desde el móvil), ni el hijo menor (del que Emma siempre decía que se fijaba mucho en los pequeños detalles), ni la propia Emma (que estaba la pobre como para darse cuenta), nadie se había percatado de la nota hasta pasadas cuarenta y ocho horas del luctuoso suceso.

Era comprensible. Hubo que volver al orden, consolar a la viuda, llevarse a los niños, hacer callar al perro, levantar el cadáver… Demasiados trámites.

Por lo demás, hicieron bien su trabajo. Había pilas de ropa ya doblada en una de las camas. Sin embargo, el juez hizo notar que aún colgaban varias prendas del tendedero. La cocina parecía en orden. No obstante, el forense hizo hincapié en que se había derramado una gran cantidad del pienso del perro. Al abrir el lavavajillas, era evidente que la losa de la última cena ya estaba lista para su colocación en las preceptivas baldas. Aun así, creo que fue uno de los técnicos el que percibió cómo se acumulaban algunos platos, cubiertos y vasos en el fregadero. La propia víctima yacía en el sofá medio desnuda. Emma hubo de aclarar que era propio de Luis el pasearse por la casa vestido sólo con su eterno pantalón de chándal. Le resultaba cómodo.

Pasadas justo cuarenta y ocho horas del suceso luctuoso, fue el pequeño Tomás el que se acercó a su madre con la nota que había encontrado debajo del sofá, casi al lado del espacio exacto donde se había producido el óbito. A pesar de la lluvia que le empañaba la vista, la pobre Emma pudo leerla. Transcribo aquí el contenido de la misma con algunas alteraciones por respeto a los familiares del difunto.

Me da rabia que llegues a casa y te la encuentres así. Me hubiera gustado haber podido completar lo que empecé, pero de repente me encontré mal. No sé. Como que me faltaba el aire. Tuve que sentarme. Espero haber sido…

Apueste por el odio, que le saldrá más a cuenta

 

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Hace poco me enteré por un programa de televisión (sí, todavía es posible obtener información del mundo a través de ese medio) que la revista Time había elegido como hombre del año a Donald Trump, si bien en la misma portada pero con letra más pequeña, lo calificaba como el nuevo presidente de los Estados Desunidos de América. Estábamos acostumbrados a las continuas divisiones de nuestra amada Desunión Europea pero esto… Ya es demasiado. ¡El país más poderoso del mundo! ¿Cuál será el siguiente?

Ahora que lo vuelvo a pensar, en esto le llevamos la delantera al gigante americano. Por fin somos pioneros en algo. Incluso podríamos afirmar que nos las arreglamos tan bien que ya presumimos de exportar políticas segregacionistas. El mérito es nuestro, y sólo nuestro. Lo único que han tenido que hacer Trump y su séquito es imitar los patrones que ya van viento en popa en Hungría, Dinamarca, Francia o Reino Unido. Perdón. En el antiguo Reino Unido y ahora Reino Desmarcado.

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Agradecimiento a Juan José Delgado

Abajo he copiado el enlace que lleva a la reseña que de Mundo Volátil ha escrito el novelista, crítico, profesor de literatura española de la Universidad de La Laguna y miembro de la Academia Canaria de la Lengua, Juan José Delgado, para la Revista Literaria de la ACL.

Mi agradecimiento por el ahora y el antes, que explica tantas cosas.

Que lo disfruten.

Trump, Bauman y los refugiados

 

BRU13 CALAIS (FRANCIA) 29/02/2016.- Miembros de la policía antidisturbios francesa permancen delante de un grupo de refugiados al inicio del desmantelamiento de parte del campo de inmigrantes, conocido como "la jungla", en Calais (Francia) hoy, 29 de febrero de 2016. La Prefectura (delegación del Gobierno) confirmó que se ha comenzado a desalojar el campo, conocido como "la jungla", y señaló que se propone una solución alternativa de realojo a cada uno de sus ocupantes. EFE/Laurent Dubrule
CALAIS (FRANCIA) 29/02/2016.- Miembros de la policía antidisturbios francesa permancen delante de un grupo de refugiados al inicio del desmantelamiento de parte del campo de inmigrantes, conocido como “la jungla”, en Calais (Francia) 

Los extraños no son una invención moderna, pero sí lo son los extraños que siguen siendo extraños durante mucho tiempo.

Amor Líquido, Zygmunt Bauman

Hace unos meses terminé de leer Amor Líquido, de Zygmunt Bauman, uno de los pocos pensadores de la modernidad que nos van quedando. En esta obra el gran filósofo que se hace pasar por sociólogo continúa su certero análisis sobre las sociedades occidentales de este siglo, y lo hace con esa metáfora de lo líquido que ya es patente de la casa. La primera parte del ensayo lo dedica el autor a darnos las claves de cómo hemos llegado a relacionarnos unos con otros de tal modo que ni queremos estar solos ni acompañados para toda la vida. Es la segunda parte, la que trata el problema entonces emergente (el libro se publica por primera vez en España en 2005) y ahora desbordante de los refugiados, la que me interesa aquí y ahora.

No podían ser más pertinentes y actuales sus consideraciones y recetas sobre el drama de la inmigración y el desafío que las continuas oleadas de refugiados plantea a nuestros gobernantes. Los campos de refugiados, esa vergüenza que se diseña y se monta con la coartada moral de su naturaleza efímera, provisional, “hasta que se tome una decisión satisfactoria para todas las partes”, acaban convirtiéndose, como asegura Bauman y como hemos tristemente podido comprobar, en hábitats permanentes donde hacinar a los otros, a los extraños que amenazan con invadir nuestros territorios y obligarnos a pensar, tal vez, de distinto modo.

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Crónicas (desordenadas) de un viaje a Polonia. (I)

Cuando desembarcamos en el parking del aeropuerto de Lublin -después de muchas horas de conducción desde Sandomierz, lluvias abundantes con sus truenos y relámpagos de verano y la oscuridad del atardecer que más se parecía al invierno que al mes de Agosto-, no nos recibió nadie. No esperábamos banda de música pero sí la típica actividad de los aeropuertos. Serían apenas las ocho o las ocho y media de la tarde y la única señal de vida provenía de las conversaciones de dos agentes de seguridad que velaban por la paz eterna de las instalaciones. Estaba claro que era uno de esos aeropuertos destinados al turismo nacional que sólo se mostraba operativo durante el día. No teníamos que coger ningún avión. Sólo habíamos de dejar el coche que habíamos alquilado dos días antes en perfectas condiciones, meternos en un taxi y descansar en el hotel que teníamos reservado en la pequeña y pintoresca ciudad polaca. Esperamos por el taxi bajo unos aleros. Por suerte, la lluvia había cesado al poco de llegar. Nada rompía la calma y el taxi llegó cuando debía, pero ese tiempo de espera allí solos, con la única protección de los aleros, las luces débiles de farolas y el silencio, hace que lo recuerde ahora como una escena de película futurista en la que los protagonistas se enfrentan por primera vez al escenario desolado que sigue a una guerra nuclear o una epidemia devastadora. Costaba imaginar que aquél debía ser otro lugar distinto a la luz del día.

 

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La cabra montés: símbolo de la ciudad de Lublin. Frente al Hotel Europa

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Duelo entre caballeros (por salir en los medios y, de paso, ganarse un sueldillo extra).

Siempre ha habido algaradas entre escritores. Famosas y entretenidas fueron en su época las mantenidas por Quevedo contra Góngora, o las de Cervantes contra Lope. En tiempos mucho más recientes podríamos citar las de Umbral contra uno de los protagonistas de esta entrada: Pérez-Reverte. Así que nada nuevo bajo el sol, salvo que la última contienda entre el novelista de éxito y académico contra su compañero de sillón más parece responder a una necesidad de estar en el candelero o en el “candelabro” que a un propósito literario o cultural del que todos pudiésemos extraer algún provecho.

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No he leído ni una sola de las novelas de Pérez-Reverte y, de momento -que el futuro lo carga el diablo y no es cosa de tentar al maligno- no tengo la menor intención de hacerlo. La vida es corta y las lecturas, muchas, así que me veo obligado a elegir. Tal vez sea prejuicio, pero tengo al autor cartaginés como destacado representante de la novela novelesca, en la que priman la trama y el entretenimiento del lector sobre otras consideraciones. Sí he leído, si bien de manera errática y prácticamente empujado por las circunstancias (algo que hacer mientras esperas en la consulta de cualquier médico), algunos de sus artículos para la revista El País Semanal. Conocedor del gusto del autor de El capitán Alatriste por las palabrotas y por la forma directa y a menudo chulesca de despacharse a gusto contra todo lo que le desagrada, confieso que son estos los motivos que me han impulsado a leerlo, más allá de los contenidos en sí. En este sentido, y aunque me divierte e incluso haya estado de acuerdo con muchos de sus innumerables “cabreos”, lo mismo podría haber leído cualquier revista del corazón o enchufarme a Sálvame y tragarme sus cinco horas de verborrea de la Esteban. ¿Me entiendes?

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En cuanto al profesor Francisco Rico, mis referencias siempre han sido las de la mayoría de los mortales: un académico reconocido por su entusiasmo por El Quijote y miembro más o menos destacado (por los medios) de esa, otra más, misteriosa institución española que se llama Real Academia de La Lengua, y de la que, como tantos otros inventos de nuestra burocracia patria, ignoro cuáles son sus verdaderos cometidos. Sí, de acuerdo, alguien tiene que estar al tanto de “fijar y dar esplendor a la lengua”, de la misma manera que debe existir un senado que “represente las sensibilidades de las distintas comunidades autónomas”, pero permítanme que, como mínimo, sospeche que igual, y sólo es una mera sospecha, que igual esas y otras instituciones deben su existencia a motivos mucho menos encomiables y algo más pedestres.

Así pues, tenemos, por un lado, a un insigne académico y, por otro, a un famoso novelista, embarcados en una riña que está llenando ríos de tinta y, de paso, aportando “vidilla” al a menudo austero y distante, cuando no ausente, mundo de las letras españolas. Según el profesor Rico, los motivos de la disputa son de orden lingüístico: le imputa a su compañero de sillón los mismos vicios que éste denunció en su momento y por los que, al parecer, pidió amparo a la academia. A saber: que la insigne institución se sacudiera su habitual letargo y se pronunciara sobre el nefasto intento de alguna consejería de educación de implantar en las aulas la distinción de género “ellos y ellas” cada vez que su uso genérico levantara suspicacias. Pérez-Reverte ha respondido desde su púlpito en El País. Según él, los motivos son exclusivamente de tipo “crematístico.” Es decir: la culpa vuelve a ser del “mardito parné.” Que detrás de toda esa cortina del académico se esconde su resquemor contra el escritor por no cederle ningún derecho de autor derivados de la venta de la edición para escolares de la inmortal obra cervantina. Los beneficios estaban destinados a aportar ingresos extra a la Academia y nada tenían que ver con ir a parar a bolsillos privados, ha explicado el novelista. Ni que Francisco Rico fuera el dueño del Quijote, ha venido a decir.

Llegados a este punto, me pregunto: ¿qué necesidad tienen estos dos caballeros de hacerse notar? ¿No son ya, sobre todo Pérez-Reverte, suficientemente conocidos? Sospecho, otra vez, que igual eso de vivir de las sucesivas ediciones conmemorativas del Quijote no sea suficiente para mantener un tren de vida decente. Algo más habrá que hacer para denunciar los magros sueldos de los académicos. Sospecho, también, que la fortuna de una novela no deja de ser caprichosa, por mucho que su autor sea sobradamente conocido. Tal vez una polémica de este tipo ayude a la promoción de la siguiente obra a punto ya de llegar a nuestras librerías. Tal vez.

Dos niños y un perro. Felices.

 

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El plan marchaba tal y como lo habían planeado.

Cuando a los cinco años de haberse conocido ella le explicó que en ocasiones sentía que ya habían agotado sus reservas de comentarios sobre la fotografía, los viajes y el teatro, y que, en ocasiones, sólo en ocasiones, no sabía de qué más podían hablar, él le replicó que sí, que tenía toda la razón del mundo y que le pasaba lo mismo. Entonces ella sugirió que tal vez, sólo tal vez, era el momento de buscar el primer hijo. Insistió en que, de esa manera, tendrían nuevo tema de conversación para los próximos cinco o seis años. Él le replicó que tenía toda la razón del mundo y que consideraba su idea como una gran idea. El primer hijo llegó y, tal y como lo habían planeado, tuvieron tema de conversación durante los siguientes cinco o seis años.

Cuando a los seis años de haber tenido a su primer hijo ella le explicó que en ocasiones, y sólo en ocasiones, sentía que sus conversaciones sobre las primeras palabras del niño, sus primeras grandes proezas, sus gracias y sus pedorretas habían perdido el encanto de los comienzos y que no sabía de qué más podían hablar, él le replicó que sí, que a él le pasaba lo mismo. Entonces él sugirió que tal vez, sólo tal vez, era el momento de buscar al segundo hijo. De esa manera tendrían temas de conversación para los siguientes cinco o seis años. El segundo hijo llegó y, tal y como lo habían pronosticado, tuvieron tema de conversación durante los siguientes cinco o seis años.

Cuando a los seis años de haber tenido a su segundo hijo ella le comentó que en ocasiones, y sólo en ocasiones, sentía que sus conversaciones sobre las primeras palabras del segundo niño, con sus proezas, gracias y pedorretas, habían perdido gran parte del encanto de los comienzos y que no sabía de qué más podían hablar, él le replicó que, en lo que le concernía, le pasaba lo mismo. Entonces ella sugirió que tal vez, sólo tal vez, era el momento de tener un perrito que les alegrara los días. Así podrían hablar de cómo iba creciendo el perrito; de sus gracias y pedorretas, de lo mucho que acompañaba y ayudaba a pasar los tiempos muertos… El perrito llegó y, tal y como lo habían planeado, los nuevos temas de conversación ya duraban otros seis o siete años.

Cada noche, al acostarse, ella le confesaba que se sentía muy feliz, a lo que él replicaba que no podía estar más de acuerdo, que se sentía, si cabía, aún más feliz que ella y que no podía evitar preguntarse si era digno de merecer tanta dicha.