¡ENHORABUENA!

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-¡Enhorabuena! –dijo su representante con orgullo mientras se volvía y apagaba la llamada en el móvil–. Saldrás en televisión el próximo sábado. Prime time. Prepárate. No la cagues.

No la cagó nunca en dos décadas y media de carrera. De hecho, de todos los artistas y cómicos que había parido la saga de los J. B., éste era el que había llegado más lejos. Niño prodigio, con tan sólo nueve añitos debutó en el cine a principios de los ochenta de la mano de José Luis Cuerda. ¿Cómo olvidarlo? Al niño J. B. se le quedó esa mano mágica pegada a sus cabellos cuando acabó el rodaje y el barbudo director lo felicitó con mucho entusiasmo: “¡Enhorabuena! ¡Eres un genio, chaval! Si no la cagas, llegarás lejos.”

A lo largo de esa década y de la siguiente, lo que llegaron fueron más interpretaciones memorables al lado de Garci, Armendáriz, Fernán-Gómez, el genial Saura y hasta se le ofreció un cameo con Almodóvar. Al mismo tiempo, J. B. se subía a los escenarios de La Gran Vía y llenaba las tablas del Paralelo. Por si esto fuera poco, millones de televidentes disfrutaron de sus intervenciones en numerosas series de la época, comedias de situación en su mayor parte, donde J. B. brillaba lo mismo con hábitos de cura que como malvado empresario de la construcción.

Con el nuevo milenio, la presencia de J. B. en las pantallas, las grandes y las pequeñas, se volvió más selecta. En una entrevista concedida a “El País” por esas fechas, J. B. afirmaba que “la ventaja de ser un actor consolidado es que te permite dirigir tu propia carrera.”

Muy bien no debió de dirigirla cuando las llamadas se volvieron más y más escasas hasta cesar por completo, hará unos dos años. La suerte, no obstante, no lo había abandonado por completo, y ahí le aguardaba el próximo sábado una segunda oportunidad que no iba a dejar pasar.

Llegó el esperado momento. J. B. estaba nervioso, pero no tanto como para cagarla. En los camerinos, durante la interminable sesión de maquillaje, escuchó con atención las instrucciones de su representante. Al fin acabó el acicalamiento y J. B. ya era libre de dirigir sus pasos hacia el plató. Ya lo anunciaba la presentadora. Ya oía el clamor de los aplausos que se mezclaba con la sintonía de cabaret que le habían preparado…

Todavía no se explica su representante lo que sucedió aquella noche. Desde que lo vieron salir corriendo a toda prisa de los estudios, nadie ha vuelto a saber absolutamente nada de J. B. No respondía a sus llamadas. No lo localizaba en su piso. Había que dejar el asunto en manos de la policía.

-Estoy realmente preocupado –admitió su representante en la comisaría mientras cursaba la denuncia–. Temo que pueda hacer cualquiera tontería. Que la cague en cualquier momento.

BUENA SUERTE

 

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Las malas lenguas, por malas, por viperinas, se equivocaban. No era cierto eso de que el hombre había tenido tanta buena suerte. En cuarenta años de desgaste en loterías, tragaperras y promociones, sólo le había tocado una vez El Gordo (y hacía ya más de veinte años), y el sorteo de los dos mil euros mensuales para toda la vida de Nescafé.

Trago largo al Jack Daniels. Por fin le hablaba al famoso yanqui de la botella de tú a tú. Si se hubiera decidido a aprender el maldito inglés, en vez de levantar altares al whisky, ahora se estaría codeando con el tejano de dos metros que se arruinaba a su derecha.

Mirada larga al reloj. Faltaba muy poco para que se abrieran las puertas del bufé llamando a la cena. Aún quedaba tiempo para la última partida de la tarde. Después de cenar, se dejará ver por las tragaperras por una horita más o así. Instalado en la barra del cóctel bar, se hará servir otro Jack Daniels. Animado (embriagado, en realidad, qué palabra, em-bria-ga-do, qué nivel), concluirá la velada ante un tercer o cuarto Jack, que había perdido la cuenta, cerca, muy cerca, la olía, de la tinta de los billetes de cien dólares que cincuentones de mostachos blancos, mejillas coloradas y gorros vaqueros exhibían un minuto antes de introducirlos en las ligas de aquellas muchachas tan simpáticas, las olía, que nunca pasaban frío por poca ropa que llevasen. Satisfecho, acabará por encontrar, él solito, la ruta que lo devolverá a su habitación. Cabezada de siete horas y como un clavo en el bufé para el desayuno del día siguiente.

Trago largo al Jack. ¡Quién se lo iba a decir! Codeándose con auténticos y rudos vaqueros del Oeste. Escasos centímetros de barra lo separaban de yanquis almidonados de trajes a rayas, hechos a medida, que no temían desplumarse (sí, ésa era la palabra siempre en boca del gran Wayne, desplumarse, qué nivel) en los casinos. El sueño de toda una vida de Nescafé hecho realidad. Hecho carne. (Hecho pedazos).

No estaban saliendo nada mal aquellas vacaciones en Las Vegas. Nada mal.

DOS COPAS

 

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No estaba convencida, pero sí esperaba encontrarse un detalle. Una caja, de esas rojas, rellena de bombones. Una novela de Almudena Grandes, aunque no fuera la más reciente. Algo.

La mujer no había faltado a su cita ni un solo lunes durante los últimos veinticinco años. En ese cuarto de siglo habría visto al hombre en menos de diez ocasiones. Sí la recibían las notas, abandonadas en la cómoda del hall, sobre la cama siempre hecha del cuarto de huéspedes, a menudo, en la mesa del escritorio, arrancadas de agendas y libretas, donde el hombre garabateaba las instrucciones: “no se olvide de la puerta del garaje”; “hoy empiece por el salón”; “no tuve tiempo de pasarme por el cajero. Le pagaré la semana que viene”… A menudo la sorprendía el recuerdo de cuánto le costó, al principio, descifrar los intrincados jeroglíficos del médico. Hasta que lo consiguió. Lo que no había logrado aún era averiguar de dónde le venía al médico esa urgencia, revelada por la pésima caligrafía. Se suponía que las personas se apaciguaban con los años.

Ni rastro de los bombones. Nada de novelas. El único gesto que le llamó la atención ese lunes, después de veinticinco años, fue el hallazgo de las copas en la cocina. Yacían boca abajo sobre un paño. Todavía húmedas. Dos copas. ¿Había tenido el médico un invitado ese fin de semana? ¿Una mujer? Observó las copas de cerca, con la esperanza de detectar restos de lápiz de labios, pero el médico las había fregado a conciencia. El suceso era insólito: jamás, en ningún momento durante todo un cuarto de siglo, había leído indicación alguna relativa a la recepción de invitados. Jamás había tenido constancia la mujer de que el hombre atendiera visitas. Nunca había tropezado su olfato, finísimo, con olores traicioneros. Dos copas. Todavía húmedas.

Ese lunes no fue un lunes cualquiera. Era evidente que no estaba limpiando con la precisión acostumbrada. Las copas se le habían tatuado en la frente. Para cuando se disponía a marcharse, resolvió que se trataba de un gesto. El médico había lavado las copas y las había dejado a la vista con toda intención para hacerle creer que no estaba solo. Un regalo de aniversario. Para ella.

Operación “Reciclaje-Maquillaje” de La Monarquía

 

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Lo que más me irrita del ya viejo y prolongado escándalo que sacude a nuestra Real Casa es que piensen que somos imbéciles. Que nos traten como niños a los que se debe mantener apartados del fuego, de los enchufes, de los chuches ofrecidos por extraños y, en general, de cualquier peligro que amenace nuestras infantiles testas.

El episodio más reciente de la pestilencia borbónica que se ha apropiado del Estado, entre otras instituciones, y que hemos consentido, por omisión, sobre todo, a lo largo y ancho de otros cuarenta años de paz, apunta en la dirección de mantenernos, pobres súbditos incapacitados para el mínimo análisis, a salvo de aquellos aspectos de la vida que, por su crudeza, debemos dejar en manos de los adultos. Me refiero a la comparecencia, a petición propia, del aún director del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), el general Sanz Roldán, ante la Comisión de Secretos Oficiales, para ofrecer todo tipo de explicaciones acerca del contenido de las grabaciones que el comisario Villarejo (que, a este paso, va camino de convertirse en el comisario de policía más popular de España, con permiso de Pepe Carvalho) “arrancó” a la “entrañable amiga” del Emérito, la princesa Corinna, donde la rubia platino reveló una cascada de irregularidades que afectarían de lleno al padre del Rey Preparado.

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NO ES SÁNCHEZ. SON LOS MERCADOS.

Hace unos días, un buen amigo me envió un vídeo sobre la conferencia que Ignacio Martínez Mendizábal, paleontólogo y miembro del equipo de las excavaciones del “Proyecto Atapuerca”, impartió a alumnos de un instituto de secundaria. En dicho acto, el científico abordó muchas cuestiones interesantes hasta desembocar en una conclusión rotunda y emotiva.  De los tres yacimientos que conforman el proyecto, el más importante, al que sólo tienen acceso los investigadores, es “La sima de los huesos”. Con dataciones de medio millón de años, alberga la mayor colección de huesos humanos de la prehistoria del mundo. Más que todos los otros yacimientos juntos. Una de las joyas de la corona de este santuario es el cráneo de una niña que tenía unos 12 años en el momento de su muerte. Lo que hace especial este hallazgo es que el cráneo presenta unas malformaciones que evidencian discapacidades intelectuales y motrices severas. Aún así, la niña había sobrevivido hasta los 12 años. La explicación ofrecida por el profesor Martínez Mendizábal es que su tribu cuidó de ella, aunque ella no pudiera ser de utilidad alguna a su tribu. Dicho de otro modo, nuestra especie es la única que se ocupa de sus individuos más vulnerables.

Otro rasgo que el conferenciante destacó como exclusivo de la especie humana es nuestra capacidad para ocuparnos también de nuestros muertos (el accidente del Yak-42 y los miles de españoles que siguen enterrados en las cunetas desde el inicio de la Guerra Civil y cuyos cadáveres no dejan de reclamar sus “pesados” familiares son las excepciones que confirman la regla). “La sima de los huesos” no es otra cosa que un monumento funerario deliberado, “el primer acto funerario de la historia de la humanidad”, en palabras del paleontólogo, como además atestigua la presencia de un bifaz de color rojo que no se encuentra en la zona, por lo que fue llevado hasta allí desde lejos y arrojado como ofrenda a los muertos. Por si tantas revelaciones no fueran suficientes, Martínez Mendizábal citó al mismísimo Darwin para venir a decir que esta preocupación exclusivamente humana de ayudarse unos a otros y de sacrificarse por el bien común ya la había definido el famoso científico inglés en su libro El origen del hombre, que escribiría al final de su vida, como ejemplo de “selección natural”, en tanto que dicha preocupación nos hizo prevalecer sobre las demás especies. Para mí, que no he leído a Darwin, la revelación me sorprendió. Hasta entonces, todo lo que sabía sobre su concepto de “selección natural” tenía que ver con la supervivencia de los más fuertes. Es el sentido que se popularizó hasta impregnar todas las capas de las sociedades occidentales, desde su aplicación a la industria para justificar las condiciones laborales de los trabajadores, hasta su implantación en la literatura, dando pie a la “novela naturalista”, que comenzara Zola en Francia y a la que se apuntarían desde Pardo Bazán hasta Jack London. Por no haber leído a Darwin, me he perdido el otro sentido, mucho más solidario y ciudadano que el primero.

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“Mundo volátil” estará en la Feria del Libro de Portugalete

“Mundo Volátil”, de Javier Delgado, un libro editado con sello émepe en 2016, que está disponible a la venta en nuestra librería online y estará también en nuestra caseta de la I Feria del Libro de Portugalete (del 14 al 17 de junio)
Una novela que analiza en profundidad la búsqueda constante del ser humano hasta encontrarse a sí mismo. Una obra en la que el lector se enfrentará a grandes temas como el drama de la soledad, la rebeldía de la juventud, la incompetencia para ser feliz o el inconformismo ante lo cotidiano. Una auténtica ruta por el paisaje psíquico del malestar cotidiano. Más información: https://www.mundopalabras.es/…/gen…/narrativa/mundo-volatil/.

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¿MODELO EDUCATIVO DE SINGAPUR? VA A SER QUE NO

Tras ver el reportaje que La Sexta emitió en la noche del pasado jueves 10 de mayo sobre la educación en Singapur como principal apuesta del pequeño país asiático y modelo exportable a todo el mundo, quisiera compartir algunas reflexiones.

Empecemos por los datos que considero más positivos. Empecemos por las cuentas, que, por lo visto, tan bien se les dan a los muchachos del Singapur del presente y del futuro. Se nos dice que la inversión que el país destina a educación es del 20 %, frente al menos del 10 % que le dedica España. Si las matemáticas no me fallan, eso significa que invierten más del doble que nosotros. Sigamos. Un profesor de primaria (¡de primaria!) cobra un sueldo equivalente a lo que cobraría un ingeniero aeronáutico o un abogado. Además, al profesor se le respeta dentro y fuera de las aulas. Se aprecia su labor como garante del futuro de las nuevas generaciones. Cuando el profesor entra en el aula, los alumnos se levantan y lo saludan a coro. Sin llegar a tanta ceremonia, explicable por la cultura y tradiciones de países como el que nos ocupa, mostrar algo más de respeto hacia los profesores españoles no nos vendría nada mal. Un respeto general, que proceda del conjunto de la ciudadanía y no sólo del alumnado. Digo yo que, entre el excesivo ritual asiático, y la actual situación de vulnerabilidad del profesorado español, expuesto a agresiones físicas y verbales casi a diario en numerosos institutos de nuestra piel de toro, incluidos los intentos, por suerte fallidos, del gobierno para culpabilizarlos en exclusiva por los pésimos, y ya familiares, resultados cosechados por nuestros alumnos en los continuos informes PISA, cuyos criterios, por otra parte, ya han empezado a cuestionarse por especialistas, aunque no lo dijera el reportaje de La Sexta, digo yo que, entre ambos extremos, algún punto intermedio habrá. Por último, no puedo pasar por alto mi fascinación ante el despliegue apabullante de su formación profesional: aviones, helicópteros, drones y unas instalaciones de lujo diseñadas para que el alumnado flote. Este despliegue no eclipsó el importante detalle, repetido varias veces, de que no hay prejuicios a la hora de elegir entre universidad o formación profesional, ya que lo que se persigue es la máxima cualificación en ambos escenarios. Igualito que en nuestro país, oiga.

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Himnos y banderas, a la derecha, por favor

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“Arma de distracción masiva”. Veo la genial frase cada día al llevar a mi hijo al colegio. Es un grafiti sobre una pared. La frase se encuentra enmarcada por un rectángulo coronado por una antena, en clara alusión al televisor. Genial, sí, pero algo desfasada. Hoy en día, la distracción masiva no nos cae sólo desde las ondas catódicas, sino que nos bombardean desde todos los medios. La última explosión la ha perpetrado una celebrity patria al ponerle letra al himno nacional. Tranquilidad: no voy a escribir de eso. Ya se ha derramado mucha, demasiada tinta, sobre tan insigne asunto. Sí quisiera enmarcar, como el rectángulo del grafiti a la frase, esta última tontería en un contexto mucho menos simple y bastante más amenazador y siniestro.

Se quejaba, con más razón que un santo, y mira que me duele tener que darle la razón a los santos, el periodista y director del diario Infolibre, en un reciente artículo, sobre el creciente espacio que dedican la radio y televisión públicas a asuntos como los sucesos, con la que está cayendo. Después, diversos comentaristas se sumaban a la indignación del periodista al incluir, entre los temas preferidos de nuestra muy mucha española RTVE, la predicción del tiempo y, cómo no, los deportes, en especial, el fútbol. Si sumamos toda esa cantidad de tiempo, obtendremos minutazos enteros y eternos sobre asuntos de vital importancia para la ciudadanía. El arma de distracción masiva está más que tendida y cada día son muchas las moscas que atrapa. Por fortuna, también son muchas las que logran escapar y ahí siguen, volando libres, dispuestas a tocarles los… al poder político y económico. En un espacio cada vez más alérgico al oxígeno, todavía respiran el pensamiento crítico, la ironía y hasta el derecho al pataleo.

Aplaude el arco azul y naranja de nuestro Parlamento la gracia de la diva rubia. ¿Cómo no iba a hacerlo? Hay que apoyar cuanta cortina de humo se arroje sobre el drama social que se vive en nuestro desmadejado país. Cuentan con la inestimable ayuda de un aparato mediático agradecido que amplifica sus intereses a la par que minimiza las turbulencias. Que se hable del himno. Que ondeen las banderas muy mucho españolas en los balcones. Mientras esas banderas ondean,y suena atronador el himno, no oímos las protestas de miles de pensionistas que, hartos de ser ninguneados por todas las administraciones, han decidido organizarse y plantarse en la calle para exigir, nada más y nada menos, que unas pensiones dignas. ¡Qué disparate! ¡Qué falta de sentido común! Pero si ya ha dicho M. Rajoy, baluarte del sentido común, que sus pensiones no son de las más bajas que otorga el Estado. ¿Qué más quieren?

Que se escuche el himno en todo el orbe. A ver si se enteran en el Parlamento Europeo, en el New York Times y en los cuarteles de Amnistía Internacional, de que eso de que las amenazas a la libertad de expresión en España han alcanzado cotas impensables y peligrosas para un país que se define democrático. ¿Acaso no escuchan al ministro Zoido cuando anuncia que la libertad de expresión está más que garantizada? Tan garantizada está que se matan tres pájaros de un tiro: se encarcela a otro rapero, se secuestra un libro y se ordena retirar dos fotografías de una exposición. Todo en un tiempo récord. Para anonadar al personal. Lástima que la exposición no fuera otra que Arco, apenas conocida más allá de nuestras fronteras. Ifema se ha apresurado a lamentar su decisión. Muy bien. Se han disculpado, pero, ¿ya está? Nos llega el arrepentimiento, pero no vemos la penitencia. ¿No hay forma de dar marcha atrás y devolver esos cuadros? ¿Se trata de una decisión esculpida en piedra, como “nuestra” Constitución? En realidad, lo han hecho por nuestro bien: para que no tengamos que andar pensando si los retratados son o no presos políticos (para decidirlo ya están nuestros jueces); para que no se remuevan las aguas de “unos tiempos que ya pasaron”, con personajes que “ya no están en el partido” y, además, “ya han sido juzgados”, aunque la intención del escritor de la obra confiscada por orden de una justicia independiente no fuera otra que la de retratar una época desde la documentación y el rigor (esto último sancionado por el propio M. Rajoy), aunque, de paso, y por qué no, vitamine nuestra memoria histórica, que no levanta cabeza de lo pachucha que está siempre y, de paso también, apele a nuestro pensamiento crítico y cívico, a esas moscas cojoneras que siguen pululando, al vincular esos oscuros tiempos pasados con cierta, presunta oscuridad presente; para que los jóvenes que escuchan cierto estilo de música, no digan palabrotas, que son tan feas. Todo por el bien común.

Suena el himno de la Sánchez y ondean las banderas bicolores en los balcones, mientras el ministro de Educación señala, ¡alguien tenía que hacerlo!, al verdadero responsable de los continuos desaguisados que han ido debilitando nuestra enseñanza pública: el profesorado. De la chistera se ha sacado el buen hombre el truco de un MIR para profesores y así, de un golpe de efecto, como el triple asalto simultáneo a la música, el arte y la literatura que comentaba más arriba, acabar con las lacras de un colectivo indolente y privilegiado. Más formación. Ésa es la clave. No los fondos. No los recortes presupuestarios destinados al mantenimiento de la enseñanza pública. ¿Algún problema con los fondos? Así pues, profesores de España, continúen formándose, ad infinitum, aunque se desprecie su labor, aunque las remuneraciones que perciban sigan congeladas, atrapadas en otros tiempos que ya pasaron, con unos personajes que ya han sido juzgados… ah, no, perdón, que se me va la pinza y me salgo del tema. Es que es difícil no perder el hilo, complicado mantener la atención, con ese himno que no deja de sonar, y esas banderas que no paran de ondear, y que si el invierno ha sido el más crudo desde 1969, y que si el Madrid o el Barça… Estoy de acuerdo con la sugerencia que ya han adelantado algunos periodistas de aplicar un MIR para políticos. Desde los más altos cargos ministeriales hasta los más humildes concejales de pueblo. Si nos ponemos a sacar cuentas, igual va a resultar que el déficit en formación cae de ese lado, y no del de los docentes. Igual. Tómeselo, señor Ministro, como un experimento. A ver qué sale…

Suena el chunda chunda; los “mondongos” del Bigotes se desparraman por la sala donde presta declaración; cantan los tenores desde Valencia y el tsunami se acerca a Madrid; a Espe, pobrecita, no le llega para querellarse contra tanta infamia; la caja B es ya un cajón insondable; asciende la naranja mecánica en las encuestas con la promesa de un futuro mejor, lejos de la influencia del perverso Ibex 35… Y en éstas estamos cuando se nos cae Forges. Se bajó en la próxima. Habrá pensado que ya ha hecho todo lo que ha podido. Cincuenta años retratando la miseria española, la de dentro y la de fuera. Y no cambiamos.

Se nos va muriendo el humor, de tanto usarlo. La crítica saludable está en la UVI. El Estado del Malestar es un nubarrón perpetuo sobre nuestras cabezas. Por suerte, no está todo perdido. Tenemos al ministro Zoido. Y las viñetas de Forges. Y a las moscas cojoneras.

Espejos

No me relegarán a empujar el cochecito de mis nietos por el parque. No me empujarán todas las tardes a echar partidas de dominó en la asociación de vecinos del barrio. No me echarán a la calle en chándal blanco y azul marino. Los cinco kilómetros diarios que le sientan bien a mi circulación, que los recorran ellos. No circularé en rebaño manso de jubilados patrios por calles patrias o extranjeras. No, señores. Conmigo, no.

 

Se levantó un hombre. Recorrió la distancia que lo separaba del espejo más cercano sin distraerse y, ya junto a él, se puso a hacer muecas. Divertidas unas, grotescas otras. Comenzó a hablarle, en un lenguaje nuevo, al que remedaba. Adoptó poses. Ridiculizó actitudes. Llegó a bajarse los pantalones y enseñarle al del espejo, contoneándolas, las nalgas blancas repletas de sarpullidos que sólo existían para la noche. ¿A quién se las mostraba? Diría que al administrativo cerrado, pero sobre todo, muerto, que lo acogotaba desde la misma hora en que sus pies salían de la cama y tocaban el suelo del dormitorio.

 

La señora entró al probador. Le quedaba bien. Incluso la hacía más delgada. No sería justo si no resaltara el papel de la dependienta. La estaba tratando como a una reina: no hacía más que traerle modelitos y pruébese éste y pruébese aquél. Le daba conversación. Le cayó bien la dependienta a la señora. Una chica muy mona, como yo a su edad. Allí, en la soledad del cajón del probador, donde no llegaba el ruido que azota las tiendas de ropa, la del espejo tomó la decisión: irás a esa clínica de la revista y saldrás con una cara nueva. Como la de esta chica tan mona. Una cara que él no podrá dejar de mirar.

Un nuevo caso para Eusebio Carvalho

Ya he llegado a una conclusión racional sobre su caso. ¿Desea que me acerque a su domicilio o prefiere venir al sanatorio?

En veinte minutos, media hora a lo sumo, estaría apretando el botón de mi portero, afirmó. Tiempo suficiente para darme una ducha rápida, ponerme algo cómodo, pero decente, preparar café y unas galletas. No negaré que estaba nervioso. Era comprensible: justo una semana antes, durante nuestro último encuentro, el detective Carvalho me había anunciado, con el semblante más serio de lo que acostumbraba, que en siete días tendría la respuesta sobre mi caso. Que aguardara mi llamada. Se acababa de cumplir el plazo y, en efecto, ahí tenía a Pepe, como un clavo, al otro lado de la línea.

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