Espejos

No me relegarán a empujar el cochecito de mis nietos por el parque. No me empujarán todas las tardes a echar partidas de dominó en la asociación de vecinos del barrio. No me echarán a la calle en chándal blanco y azul marino. Los cinco kilómetros diarios que le sientan bien a mi circulación, que los recorran ellos. No circularé en rebaño manso de jubilados patrios por calles patrias o extranjeras. No, señores. Conmigo, no.

 

Se levantó un hombre. Recorrió la distancia que lo separaba del espejo más cercano sin distraerse y, ya junto a él, se puso a hacer muecas. Divertidas unas, grotescas otras. Comenzó a hablarle, en un lenguaje nuevo, al que remedaba. Adoptó poses. Ridiculizó actitudes. Llegó a bajarse los pantalones y enseñarle al del espejo, contoneándolas, las nalgas blancas repletas de sarpullidos que sólo existían para la noche. ¿A quién se las mostraba? Diría que al administrativo cerrado, pero sobre todo, muerto, que lo acogotaba desde la misma hora en que sus pies salían de la cama y tocaban el suelo del dormitorio.

 

La señora entró al probador. Le quedaba bien. Incluso la hacía más delgada. No sería justo si no resaltara el papel de la dependienta. La estaba tratando como a una reina: no hacía más que traerle modelitos y pruébese éste y pruébese aquél. Le daba conversación. Le cayó bien la dependienta a la señora. Una chica muy mona, como yo a su edad. Allí, en la soledad del cajón del probador, donde no llegaba el ruido que azota las tiendas de ropa, la del espejo tomó la decisión: irás a esa clínica de la revista y saldrás con una cara nueva. Como la de esta chica tan mona. Una cara que él no podrá dejar de mirar.

Un nuevo caso para Eusebio Carvalho

Ya he llegado a una conclusión racional sobre su caso. ¿Desea que me acerque a su domicilio o prefiere venir al sanatorio?

En veinte minutos, media hora a lo sumo, estaría apretando el botón de mi portero, afirmó. Tiempo suficiente para darme una ducha rápida, ponerme algo cómodo, pero decente, preparar café y unas galletas. No negaré que estaba nervioso. Era comprensible: justo una semana antes, durante nuestro último encuentro, el detective Carvalho me había anunciado, con el semblante más serio de lo que acostumbraba, que en siete días tendría la respuesta sobre mi caso. Que aguardara mi llamada. Se acababa de cumplir el plazo y, en efecto, ahí tenía a Pepe, como un clavo, al otro lado de la línea.

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Sin moverme de mi casa

Hace unos días, como no tenía nada preparado para almorzar, me fui con mi hijo al bar de la esquina que está muy cerca de mi casa. No es un bar de esquina como los que llevamos en nuestro imaginario, ese disco duro que algunos, los más decididos, van llenando a medida que crecen y toman cuerpo, y del que sobresalen, por cabezotas, determinados recuerdos, ideas o prejuicios. Cierto que mantiene algunas características básicas: menú limitado; sillas y mesas metálicas donadas por alguna entidad sin ánimo de lucro; barra más larga que ancha; amplia selección de bebidas alcohólicas que nos contemplan desde las alturas; televisor grande, de los de pantalla plana, para que no nos perdamos nada mientras nos perdemos todo… Hasta ahí llegan las similitudes. Compensan la calidad de su comida casera, el buen trato de los propietarios, el rigor en la limpieza… Sin ser cafetería, por su luminosidad y aspecto decente, me aventuro a predecir que sería del agrado de Hemingway.

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El comedor

Curiosa habitación el comedor. Desprovisto ya de su función original, ¿quién come hoy en día en el comedor de su casa?, se resiste y no se extingue. Todavía no. Se aferra a la actualidad de los días y reclama su espacio de privilegio en la casa. Se le sigue dando un trato preferencial: a menudo se encuentra en una posición más o menos central; se le coloca de manera que sea lo primero que vean las visitas, bien recibidas o inesperadas; se ve acompañado por estanterías, bibliotecas o aparadores, que en algún lugar habrá que colocar las fotos de la comunión del niño, o los gruesos volúmenes de las enciclopedias que compraron nuestros padres o abuelos allá por los setenta y ochenta. Enciclopedias que reinan sin competencia de más libros. Casas sin libros, pero plagadas de enciclopedias que quedaban bien, hacían bonito, y ahí siguen, especímenes tan raros como el comedor.

Pieza de museo. De museo arqueológico. Como las novelas victorianas, uno puede hacerse una idea, más o menos general, de cómo era la vida cotidiana de la clase más o menos media española de hace unas décadas con darse una vuelta por esos comedores de nuestros padres. Ahora guardan silencio, pero fueron testigos de las reuniones de los fines de semana. También alojaban a los comensales que se veían atraídos por los banquetes de los grandes acontecimientos: el pariente recién llegado de Venezuela o Cuba con los billetes cargados de bolsillos, o al revés; la llegada de un nuevo miembro a la familia, esperado, por supuesto; las buenas nuevas de la colocación de un hijo en una empresa respetable… Ahora guardan silencio. Comedores sin comensales. Mesas y sillas más o menos de diseño reemplazan a las antiguas, pero todas, nuevas y viejas, languidecen desde esa posición central privilegiada que ignoran las visitas, tanto las bien recibidas, como las inesperadas, que son las que de verdad emocionan o nos ponen a temblar.

A los comedores se les debería exhibir con más regularidad en galerías de arte contemporáneo. Galerías de paredes blancas y angulosas, paredes de diseño, como aquellas mesas y sillas, que no distraen la atención del visitante. Salas cuadradas donde es posible tomarse uno su tiempo para observar los detalles, y leer con detenimiento la información en las placas blancas y rectangulares que los definen, explican y acercan. Enigmáticos, los comedores se prestan, son aptos para las preguntas que el buen arte contemporáneo, las bellas artes, nos obligan a formularnos. Nada es lo que parece. Lo que fue, ya no es. Lo que será, nadie lo sabe todavía. Surgen hipótesis. Gana terreno la que sugiere que el comedor es ya mero símbolo de poder adquisitivo. Artículo de lujo, adorno que, libre de ese fastidioso, vulgar pasado que lo ataba a la vulgaridad cotidiana del comer, se reivindica, se reinventa, como dicen hoy tantos desde tantos tontos tronos y púlpitos, algunos de iglesia, de los de verdad, y se convierte en metáfora de una vida ¿moderna?, ¿líquida?, ¿vacía de contenidos, pero abundante de continentes?

Bellos, lánguidos, inútiles como los artistas y las artes en general, las bellas, las buenas y las malas, los comedores siguen en su sitio. No dan brazo a torcer. No se extinguen. Todavía no.

Tierra de nadie

A los que leemos, con la práctica, ya no nos sorprende el hecho de que, a menudo, tendemos a escoger libros o, sobre todo, pasajes, en los que lo que se nos cuenta parece escrito sólo para nosotros. A este fenómeno muchos le dan la vuelta y llegan a afirmar que no somos nosotros sino ellos, los libros, los que se nos ponen delante para explicarnos en la ficción lo que nos está pasando en nuestras vidas en esos mismos momentos y que sólo entendemos a medias.

Ayer volví a leer por primera vez desde la muerte de Julieta. A pesar de mi conocimiento del fenómeno, juro que retomé la lectura de Mac y su contratiempo sin más expectativas que las de seguir disfrutando del estilo y la temática que ya me resultaban familiares desde Bartleby y compañía y que han hecho de Vila Matas uno de mis autores de referencia. Comienzo a leer por la página 133 y me encuentro con el siguiente pasaje, que transcribo ahora: “En cualquier caso… me ha ayudado a imaginar algo en lo que creo que nunca había pensado: libros en los que el lector iría leyendo lo que le iba sucediendo en la vida, justo en el momento en que todo eso iba ocurriendo.” Me detuve, pero juro, vuelvo a jurar, que aún no me sentía interpelado. Esa frase, más bien, me hizo recordar momentos de obras de Cortázar y Modiano, leídos hace bastante ya, de los que extraje esas constantes entre vida y literatura.

Sigo leyendo y se me informa de cómo el narrador de Mac y su contratiempo anota en su diario las reflexiones a las que ha llegado tras terminar un nuevo capítulo de la novela de juventud de su vecino, Walter y su contratiempo, que lo mantiene bastante ocupado. Nos resume la trama de ese capítulo, que lleva por título El efecto de un cuento, y nos dice que, a su vez, está inspirado en el relato Aquí vivía yo, de la gran autora en lengua inglesa Jean Rhys. Otra coincidencia: había leído de esta autora quizá su novela más conocida y aclamada, Wide Sargasso Sea, inspirada en Jean Eyre, y la recuerdo como una lectura placentera. Se da el caso, además, de que Rhys dio a la imprenta esa última novela después de haber dejado de escribir durante décadas. Muchos hasta pensaban que ya había muerto. Caso muy del gusto de Vila Matas.

“Aquí vivía yo” era lo que la protagonista del cuento del mismo título murmuraba al acercarse a su casa tras, por lo visto, haber pasado un tiempo fuera. La casa no era exactamente la misma y ahora la habitaban desconocidos. El final del breve relato nos sugiere, con toda la sutileza de su autora, que la mujer era, en realidad, su fantasma y que acababa de ser consciente de su nueva naturaleza.

En El efecto de un cuento, el niño protagonista queda profunda e irremediablemente afectado por la escucha casual de la lectura de Aquí vivía yo. Por primera vez el niño entiende la idea de la muerte, de que va a morirse algún día, y queda confinado a su cama por un tiempo. Se recupera y se integra en su vida de niño pero con la certeza de que esa etapa en la que sigue viviendo, su infancia, ha tocado a su fin.

Sólo hacía unos días que tuve que comunicarle a mi hijo la muerte de su madre, en el coche, lluvia afuera, a escasos metros del tanatorio donde velaríamos su cuerpo y al que no tendría acceso. Su reacción, para mi sorpresa, no fue muy distinta de la mía. Sí que insistió en la idea de revivir, de que estaba muerta pero seguía pensando, de que cómo iba a ser que la quemaran… Al día siguiente, cuando tuve que contarle cómo iba a ser la ceremonia de despedida, de nuevo me sorprende. No había nada en él del niño de ayer. El nuevo niño me aseguraba que no tenía que explicarle nada, que ya sabía lo que era la muerte porque ya lo habían ido hablando en el colegio. Al contrario que el protagonista de El efecto de un cuento, no siento que mi hijo dé por perdida la infancia. Ha sido muy diligente a la hora de continuar con sus rutinas, cosa en la que colaboro a golpe de consejo de psicóloga. Sí ha despertado lo que de maduro habitaba en él y que, probablemente por comodidad, prefería dejar dormido.

Llega la hora de acostarse y Julieta, como la mujer de Aquí vivía yo, tras el contratiempo, regresa a la casa familiar. Llega como fantasma, claro, pero sabe que, si se hiciera visible, no sólo la reconoceríamos, sino que intentaríamos abrazarla. La estábamos esperando. Seguimos a la escucha. Nos mudaremos de casa. Regresaremos a la otra casa familiar y sabremos que nos ha seguido. Volveremos a mudarnos. A otra casa nueva, desconocida, de la que no podemos decir todavía si llegará o no a resultarnos familiar. No tiene importancia. Ni del todo de aquí, ni del todo de allí. Seremos, los tres, emigrantes, y nos haremos compañía en nuestras expediciones por ese territorio que, por fortuna, nadie puede reclamar.

“El cuento de la criada” ya está entre nosotros: continuación

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¿Cuánto tiempo habrá pasado? ¿Media hora? Nunca he sido muy bueno calculando. Si no me hubieran requisado el reloj, sabría qué hora es y ese dato, inservible en otra época, me resulta ahora tan necesario… Igual no me lo requisaron y sigue sobre la mesa de noche tan tranquilo, con sus minutos y segundos. No me acuerdo… Me duele muchísimo la cabeza. Ahora mismo, para escribir estas líneas, debo hacer un esfuerzo enorme. Al menos no me arrancaron la libreta. Es mi único tesoro aquí dentro. Me escuece la garganta. Me arde la cara. No veo bien de un ojo. Me pesa el cuerpo como si no fuera mío. Como si arrastrara un cadáver sin decidirme dónde sepultarlo. Ojalá recordase lo que me ha pasado. Sólo sé que tengo la libreta y que estoy encerrado.

Oigo pasos que se acercan. También otro sonido familiar que identifico con un locutor de radio o televisión. Los pasos se detienen junto a la puerta. Un carcelero la abre mientras el otro deja en el suelo dos bandejas con agua y lo que parecen dos platos de sopa. Si me quedaran fuerzas, le estrellaría el plato en la cara al primero y la jarra de agua en la cabeza del segundo y escaparía. Si mi garganta estuviera despejada y limpia, gritaría, exigiría una explicación. Cuerpo de moribundo. Dolor de cabeza.

Me retiro a una esquina a disfrutar de mis sobras como un animal salvaje. Me llevo a la boca mi segunda cucharada de caldo espeso y amargo cuando, de la oscuridad de mi celda, surge una presencia. La sombra se acerca a la bandeja, la toma con ambas manos y desaparece. Me pongo en pie, como un hombre, y pregunto: “¿quién anda ahí?”. No espero que el fantasma me responda porque sabemos que no es su costumbre y, aún así, repito la pregunta. Oigo los sorbos del caldo. Me dirijo hacia la guarida de la alimaña hasta que tropiezo con un bulto. Logro asir una muñeca que se retuerce y detengo una mano tras recibir varios arañazos en la cara. Las dos bestias alcanzamos una tregua. Necesitamos respirar.

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