“El cuento de la criada” ya está entre nosotros: continuación

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¿Cuánto tiempo habrá pasado? ¿Media hora? Nunca he sido muy bueno calculando. Si no me hubieran requisado el reloj, sabría qué hora es y ese dato, inservible en otra época, me resulta ahora tan necesario… Igual no me lo requisaron y sigue sobre la mesa de noche tan tranquilo, con sus minutos y segundos. No me acuerdo… Me duele muchísimo la cabeza. Ahora mismo, para escribir estas líneas, debo hacer un esfuerzo enorme. Al menos no me arrancaron la libreta. Es mi único tesoro aquí dentro. Me escuece la garganta. Me arde la cara. No veo bien de un ojo. Me pesa el cuerpo como si no fuera mío. Como si arrastrara un cadáver sin decidirme dónde sepultarlo. Ojalá recordase lo que me ha pasado. Sólo sé que tengo la libreta y que estoy encerrado.

Oigo pasos que se acercan. También otro sonido familiar que identifico con un locutor de radio o televisión. Los pasos se detienen junto a la puerta. Un carcelero la abre mientras el otro deja en el suelo dos bandejas con agua y lo que parecen dos platos de sopa. Si me quedaran fuerzas, le estrellaría el plato en la cara al primero y la jarra de agua en la cabeza del segundo y escaparía. Si mi garganta estuviera despejada y limpia, gritaría, exigiría una explicación. Cuerpo de moribundo. Dolor de cabeza.

Me retiro a una esquina a disfrutar de mis sobras como un animal salvaje. Me llevo a la boca mi segunda cucharada de caldo espeso y amargo cuando, de la oscuridad de mi celda, surge una presencia. La sombra se acerca a la bandeja, la toma con ambas manos y desaparece. Me pongo en pie, como un hombre, y pregunto: “¿quién anda ahí?”. No espero que el fantasma me responda porque sabemos que no es su costumbre y, aún así, repito la pregunta. Oigo los sorbos del caldo. Me dirijo hacia la guarida de la alimaña hasta que tropiezo con un bulto. Logro asir una muñeca que se retuerce y detengo una mano tras recibir varios arañazos en la cara. Las dos bestias alcanzamos una tregua. Necesitamos respirar.

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“El Cuento de la criada” ya está entre nosotros.

 

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Harto de escuchar tonterías en el telediario como la de que “todas las mujeres que abortan deberían ser castigadas por ley”, apago la tele. Me quieren tomar el pelo esos tipos de la tele. Me quieren hacer creer que esa frase la ha dicho un señor con corbata roja y extraño corte de pelo rojizo que afirma ser el presidente de los Estados Unidos de América. ¿Quién se traga eso?

Mejor salgo a la calle a que me dé el aire. Al llegar al portal, tengo que retroceder a por el paraguas. Es raro que llueva en esta época del año. Juraría que los del tiempo habían asegurado que iba a estar bastante despejado. En fin… Agarro el paraguas y apenas doy unos pasos cuando me cruzo con dos mujeres vestidas de escarlata. Llevan unas túnicas escarlatas y ocultan el cabello con cofias blancas similares a las que usan las criadas de los cuadros de Vermeer. Me parece que una estaba embarazada, pero no lo puedo asegurar. Igual son Mormonas. Tal vez ahora las obliguen a llevar esas túnicas. A lo mejor acaban de salir de un casting para una nueva adaptación de “La Letra Escarlata”. Sólo que no llevan cosida una gran “A” en el pecho. ¡Qué gran novela! Recuerdo que no la he vuelto a leer desde la universidad. Igual va siendo hora.

Continúo mi paseo y me vuelvo a cruzar con otras dos mujeres de idéntico atuendo a las anteriores. Esta vez me fijo bien y, a menos que lo que una lleva bajo la túnica sea un cojín, está embarazada. Las dos mujeres mantienen la mirada fija en el suelo y no hablan. Las observo. Se acaban de acercar a otra pareja de mujeres que circula en sentido contrario. Las otras son de más edad y también van vestidas igual: con túnicas azul turquesa. ¡Qué raro es todo! Las que llevan las túnicas escarlatas hacen una reverencia y parecen escuchar unas indicaciones. En todo momento mantienen la cabeza agachada. Las dos parejas se separan. No sé qué pensar. Arrecia la lluvia y me sacude de mi ensimismamiento. Me doy cuenta de que he debido estar ahí parado, en medio de la avenida, demasiado tiempo. Busco refugio. Doy unos saltos hacia el primer toldo que veo, que resulta ser el de un café. No me apetece tomar nada así que aguardo a que la lluvia amaine. Mientras espero tengo ocasión de ver más y más parejas de mujeres que corren de un lado a otro bajo los paraguas. Unas van de escarlata y otras de azul turquesa. También corren algunos hombres. No lo puedo asegurar porque la fuerte lluvia borra los contornos, pero juraría que todos, absolutamente todos, llevan atuendos militares. ¿Qué está pasando? ¿Ha estallado una guerra?

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