AÑOS DORADOS

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Tras una década de numantina resistencia, harta de la machacona idea de la nieta de acudir como público al programa de televisión que veía cada tarde, la septuagenaria accedió a marcar el número mágico. No sólo no tardaron en catapultarla al estrellato de los míticos estudios de Prado del Rey, donde compartió asombro, bocadillo de atún, Batido Mediterráneo sin azúcares añadidos y aplausos con un grupo nutrido de la tercera edad de Villalgordo del Júcar y otro nutrido grupo de la misma edad de la cercana localidad de Dolorosa de Hellín, no sólo sus vecinas del barrio se tragaron su envidia y su cara en todo un primer plano hasta tres veces, no sólo tuvo la dicha inmensa de conocer en persona al simpático y apuesto presentador del que obtuvo, además, autógrafo y dos besos en sendas mejillas, no sólo todo esto le fue dado, sino que regresó con un plan bajo el brazo. Un plan que cambiaría, de manera drástica e irreversible, el resto de sus días dorados.

Buscó el bono-bus en la cartera. Aún le quedaban ocho viajes. Perfecto. El presentador era simpático y apuesto, de acuerdo, pero no siempre llevaba razón. Un billete de diez euros, una moneda de dos y otra de uno. Suficiente. Había dicho que se había sentido “profundamente conmocionado.” Eran comentarios como ése, claramente ajenos al guion, lo que más le gustaba del apuesto presentador y uno de los motivos, si no el principal, por el que acabó enganchándose al programa, como diría su nieta. “Profundamente conmocionado.” Eso había dicho, y tal cual lo aceptó en un principio. Sin embargo, más tarde, ya no estaba tan segura. De repente, donde el presentador había visto el vivo retrato de la soledad, la fiel espectadora sólo veía una oportunidad. Preguntó en la taquilla por la siguiente interurbana. Bilbao. Salía en quince minutos. En otros cincuenta llegaría a su destino. Estupendo. Esta vez no llevaba razón el muchacho. Qué duda cabía de que viajar, aunque fuera un viaje cortito de ida y vuelta, siempre resultaría mucho más enriquecedor que quedarse en casa, a solas con su programa favorito. De ese primer viaje le contaría a su nieta que había discurrido tranquilo, que fue la única pasajera que no había deseado bajarse en la estación, gracias, sino que esperaría al viaje de vuelta, si era posible, y que la conductora se había mostrado un tanto sorprendida.

Durante los años dorados siguientes, ya sola, ya acompañada de alguna vecina a la que había logrado persuadir, bien en itinerarios familiares o desconocidos, no demasiado largos y siempre de ida y vuelta, la veían subir a urbanas e interurbanas con una frecuencia casi diaria. Contaría su nieta que, al principio, solía ser la única pasajera que no deseaba abandonar el vehículo al final del trayecto, salvo que dicha medida resultara imprescindible. Revelaría que, con el tiempo, le salieron imitadores. Muy escasos y dispersos, se ocupaban de absorber el paisaje que los demás viajeros desechaban en favor de móviles y tablets. En ocasiones, y como era previsible, alguno de los nómadas, casi siempre pero no exclusivamente hombres, desafiaba la norma para trabar una conversación que, con suerte, podría desembocar en una cita para el baile del domingo siguiente o, incluso, con bastante más suerte, en una relación formal. Se supo que la septuagenaria se cuidaba de evitar esos encuentros y que disponía de recursos suficientes para diluir, una a una, las intentonas. Era éste, si acaso, el único inconveniente del plan bajo el brazo que, sin pretenderlo, le había dado el presentador aquel en el lejano día de su aparición en los estudios míticos, y al que se había abrazado hasta que se lo impidieron sus crecientes problemas de salud.

Poco después de su fallecimiento, consta que la nieta consiguió entrar en directo en el programa para agradecerle al apuesto presentador el logro de haber arrancado a su abuela del puño del sillón que la consumía y haberla devuelto a la vida. La reacción del presentador, que ni recordaba su comentario, ni entendía nada, se multiplicó en el resto de las cadenas televisivas y, por supuesto, se hizo viral en La Red, donde, a su vez, generó multitud de memes y opiniones a los que se puede acudir, siempre que se desee, con tal de hacer más llevadero cualquier viaje a Bilbao. Basta con ir provisto de un móvil, una tablet o un portátil. Estos dispositivos permiten, además, deshacerse del aburrido paisaje, por no mencionar la ventaja que supone ignorar la molestia de los nómadas y su irritante y solitario mirar a través de las ventanillas.

 

 

 

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