Un nuevo caso para Eusebio Carvalho

Ya he llegado a una conclusión racional sobre su caso. ¿Desea que me acerque a su domicilio o prefiere venir al sanatorio?

En veinte minutos, media hora a lo sumo, estaría apretando el botón de mi portero, afirmó. Tiempo suficiente para darme una ducha rápida, ponerme algo cómodo, pero decente, preparar café y unas galletas. No negaré que estaba nervioso. Era comprensible: justo una semana antes, durante nuestro último encuentro, el detective Carvalho me había anunciado, con el semblante más serio de lo que acostumbraba, que en siete días tendría la respuesta sobre mi caso. Que aguardara mi llamada. Se acababa de cumplir el plazo y, en efecto, ahí tenía a Pepe, como un clavo, al otro lado de la línea.

El caso, mi caso, había comenzado en torno a un mes antes de que Carvalho llamara a mi puerta. Había aterrizado en mi antigua casa tras una estancia de dos años fuera. Demasiado tiempo para recordar si el estado de la vivienda, tras una primera inspección, correspondía con mayor o menor exactitud a como la había dejado. Lo que sí estaba claro es que daba la impresión de que la casa hubiera estado vacía. Sin embargo, el contrato de alquiler probaba la existencia de inquilinos. Por si fuera poco, las mensualidades por dicho concepto, junto con los abonos por los suministros de agua y luz consumidos, se reflejaban puntualmente en mi cuenta corriente. Además, yo mismo hablé con ellos en dos ocasiones antes de firmar. Nada de esto quita para que, por motivos que me son vedados, ni tengo demasiado interés por conocer, mis inquilinos “vivieran” poco en la casa.

En ese primer recorrido exploratorio ya sólo me faltaba alcanzar el cuarto superior -una buhardilla que me pareció magnífica como escritorio en un principio, cuando visitamos el inmueble, pero que pronto se revelaría como un foco de problemas: demasiado calurosa la mayor parte del año como para escribir nada, humedades ocultas que se hicieron descaradas a las primeras lluvias… -, para corroborar que el estado general de mi vivienda se podría calificar de aceptable. Sobre una de las baldas peladas de la endeble estantería, un libro, cuidadosamente colocado, tenía que llamarme la atención. Se lo habían dejado, claro. Se trataba de un ejemplar de la, al parecer famosa y aclamada novela de un tal Joël Dicker, La verdad sobre el caso Harry Quebert. Lo primero que me vino a la cabeza, justo al terminar de leer el título, por inevitable comparación, fue la conocida obra de Eduardo Mendoza, La verdad sobre el caso Savolta, que me hicieron leer no sé si en el instituto o en la carrera pero que, en cualquier caso, me encantó. Luego intuí que hasta ahí llegarían las similitudes. Así que se habían dejado atrás un libro. Bien. A veces pasan cosas así. Nos mudamos y es lógico que se nos queden cosas atrás. No le dí más vueltas al asunto. Creo que ni llegué a tocarlo. Lo dejé que siguiera descansando sobre su balda, que ahora era toda suya, y abandoné la buhardilla traidora.

El caso, mi caso, es que, al cabo de unos días, sí que empecé a darle vueltas al asunto. De repente, ya no me parecía tan obvio que, simplemente, se lo hubieran olvidado. ¿No sería, más bien, que lo habían dejado ahí, tan a la vista, adrede? ¿Una forma de comunicarme algo? ¿Un mensaje cifrado? Aún así, no hice el menor intento por hojearlo. Iba pasando el tiempo, yo tenía que entrar y salir de esa habitación por simple necesidad, pero ignoraba el volumen, que seguía tan pancho sobre su balda. Al mes, ya tenía al detective Carvalho tocando a mi puerta.

Imagínense mi sorpresa al abrir y tener delante al gran actor Eusebio Poncela. Estaba tal y como lo recordaba de aquellos años ochenta, con su cara enjuta y su nariz ganchuda características, cuando interpretaba para la pequeña pantalla al popular detective privado parido por el genio de Manuel Vázquez Montalbán, sólo que bastante más arrugado y con todo el pelo, poco, cano.

¿Eusebio Poncela? No sé de quién me está usted hablando. Me encontrará usted un parecido con ese señor. Permítame que me presente. Soy José Carvalho, pero todo el mundo me llama Pepe. Manos que se estrechan. Me ha enviado aquí Vázquez Montalbán. ¿Sabía de quién le hablaba? Sí, el famoso escritor de novelas policíacas ambientadas en Barcelona. Gran aficionado a la gastronomía exquisita, por otra parte. Suponía que estaba al corriente de su fallecimiento, acaecido hacía ya algunos años. Su espíritu se le había aparecido en el sanatorio, como hacía a veces, la noche anterior, para comunicarle mi caso y rogarle que me ocupara de él lo antes posible. Le vendría bien algo así, sencillo. Oxígeno tras la debacle mental en la que me sumergí al hacerme cargo, maldita la hora, de la investigación de una línea de la trama Gürtel, y por la que mi médico de toda la vida me aconsejó reposo total. ¿Me permite subir a la buhardilla maldita y ver ese libro?

Habrían pasado unos veinticinco minutos cuando Eusebio Carvalho tocó el timbre. Nos sentamos en el salón-comedor. Tuve la precaución de retirar el café y las galletas y sustituirlos por algo más propio de detectives privados: dos vasos de ginebra.

Si le parece, vayamos al grano. Lo primero: en efecto, no se trata de una casualidad. Me temo que sus antiguos inquilinos se “olvidaron” de ese libro a propósito. Es evidente por la forma en que lo “olvidaron”: tan a la vista. Lo segundo: el propósito es doble. Por una parte pretendían establecer un paralelismo entre el contenido de ese libro y su incipiente carrera como escritor. Si no estoy mal informado, ha publicado usted una novela y piensa publicar una segunda en breve. Pues bien, la obra de ese Joël Dicker trata sobre un joven escritor que, tras el éxito apabullante de su primera novela, trata de salir del bloqueo del papel en blanco que lo tiene agarrado por el pescuezo y escribir una segunda narración que lo corone de inmediato. El contenido de la novela del escritor suizo guarda, a su vez, relación con la propia experiencia vital-literaria de su autor. Esto es: es la segunda novela de Dicker, y con la que ha conseguido éxito de ventas y crítica. ¿Que a dónde quiero ir a parar? Pues que sus inquilinos, me temo, le han querido indicar que, una vez más, la literatura se anticipa a la vida y se cruza con ella para explicarla o contradecirla de modos misteriosos.

Por último, la novela tan alegremente “olvidada” en su vivienda cumple otro propósito: una advertencia. Sus inquilinos le han querido decir, a su modo, que se cuide de confiar de buenas a primeras de ofertas estrellas que le hagan llegar en el futuro. El mundo de la edición está cargado de trampas y la victoria final sólo aguarda a los perseverantes y los sabios. A los que confían en lo que hacen y saben por qué lo hacen.

Ha sido un placer conocerle, me dijo al levantarse. Igualmente, le respondí, más bien por seguirle la corriente, a Eusebio Poncela, que se veía que había terminado por creerse su personaje televisivo de Carvalho y ése era el verdadero motivo de su estancia en el sanatorio. Lo acompañé hasta la puerta. Después, ya solo junto a lo que quedaba de mi ginebra, pensé que no era para tanto. Que lo único que habían pretendido mis antiguos inquilinos era proveerme de alguna lectura con la que entretenerme durante los meses que tardaría en encontrar casa nueva. Sabían que me daría pereza tener que abrir cajas y rebuscar entre los libros que me acababa de traer. Ya me lo proporcionaban ellos. Oxígeno.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *