Sin moverme de mi casa

Hace unos días, como no tenía nada preparado para almorzar, me fui con mi hijo al bar de la esquina que está muy cerca de mi casa. No es un bar de esquina como los que llevamos en nuestro imaginario, ese disco duro que algunos, los más decididos, van llenando a medida que crecen y toman cuerpo, y del que sobresalen, por cabezotas, determinados recuerdos, ideas o prejuicios. Cierto que mantiene algunas características básicas: menú limitado; sillas y mesas metálicas donadas por alguna entidad sin ánimo de lucro; barra más larga que ancha; amplia selección de bebidas alcohólicas que nos contemplan desde las alturas; televisor grande, de los de pantalla plana, para que no nos perdamos nada mientras nos perdemos todo… Hasta ahí llegan las similitudes. Compensan la calidad de su comida casera, el buen trato de los propietarios, el rigor en la limpieza… Sin ser cafetería, por su luminosidad y aspecto decente, me aventuro a predecir que sería del agrado de Hemingway.

Mi bar de la esquina que no lo es tanto es regentado por unos venezolanos desde hace poco. Primer continente en acercarse a mi esquina. Latinoamérica a dos pasos. No iba a ser el único. Ese día, mientras almorzábamos, se acercó a descansar de su eterno deambular un representante de otra parte bien distinta, pero, sobre todo, distante: África. Era de mediana edad, llevaba gafas pero, sobre todo, llevaba los accesorios para vender que los de esta parte del mundo, a fuerza de repetición, ya identificamos como propios, casi naturales, de los de aquel distante, desafortunado continente. ¿De verdad se puede vivir de la venta de esas imitaciones, de esos pequeños elefantes que dan suerte? Siempre me he preguntado de dónde vienen; si los trae alguien y quién; quién les proporciona los bolsos y los cinturones; por qué la mayoría son tan jóvenes (no así el de mi bar, como excepción); por qué seguimos sin relacionarnos, como si no existieran, como si las aceras que pisan no fueran las mismas por las que transitamos nosotros, los otros, los de piel algo más blanca; si habrá compatriotas de origen que se dediquen a otros negocios… Entran y salen y los admitimos porque, de algún modo, ya los hemos metido en un redil. Son negros, se dedican a la venta ambulante, viven más o menos juntos en pisos que un ente misterioso les alquila y están controlados. No representan una amenaza.

El camerunés o senegalés, que igual también es ya español, como nosotros, y no está de permiso, y trata de salir adelante y hasta puede que, en su máximo descaro, contribuya a nuestra Seguridad Social e incluso, ya en un alarde de imaginación, pague sus impuestos como cualquier español, o todo ilegal, visado, mercancía, persona, vaya usted a saber, mientras descansaba un rato en mi bar de la esquina, tuvo que haberle echado un vistazo, sólo por encontrarse de frente, a la enorme pantalla plana. De ahí salía el tercer continente: Asia. De manera tan inexplicable como misteriosa, en lugar de un partido de fútbol o de cadenas interminables de hits musicales, lo que salía de la pantalla era una serie de sobremesa que nos venía de Japón o China, vaya usted a saber. Una serie como las nuestras, como las que cualquier país europeo programa a esas horas, con sus escenas rodadas en interiores o decorados para ahorrar en producción; sus segundos de vistas de la gran ciudad a modo de enlace entre escenas, con su hilo musical amable y sensiblero que te fuerza a sentir compasión por las tribulaciones amorosas, económicas y familiares de la clase media-alta representada… Tokio o Beijing, iguales desde aquí, casi idénticos en la imagen de ciudades prósperas, modernas, a la europea, tan como nosotros de no ser por la barrera inextricable de sus idiomas y, a la vez, tan estrambótica su presencia en mi bar de la esquina, tan chirriante a lo que la tarde y la noche le tenían preparado, imagino, al señor africano con gafas, con pinta de oficinista, al que la globalización, o vaya usted a saber qué otro demonio planetario, obligó a desembarcar en tierras cercanas, extrañas. Tokio. Beijing.  Poco o nada tendrían que decirle a los venezolanos que también tratan de seguir adelante ofreciendo lo que les sale bien, lo que conocen.

Tres continentes agolpados en mi bar de la esquina. Simple coincidencia. Cada uno tirará luego por un lado, indiferente a la suerte de los otros. El africano se marchó con la música y los bolsos a otra parte. Nosotros también nos retiramos, mi hijo con sus músicas, y yo con mis dolores y mis reflexiones. Sería cuestión de tiempo, supongo, que alguno de los señores del bar se diera cuenta del despropósito, cogiera el mando a distancia y eliminara ese sinsentido asiático que en nada podría beneficiarles. Volverían el partido de fútbol o los insípidos hits musicales. Sería cuestión de tiempo hasta echar el cierre y regresar a la mañana siguiente. Cada uno por su lado, convencidos de que todo fue producto de la casualidad, simple coincidencia, y no manejo de los poderes planetarios, del capital internacional que, segundo a segundo, a la chita callando, cala en nuestros días y, sobre todo, en nuestros huesos.

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