“El Cuento de la criada” ya está entre nosotros.

 

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Harto de escuchar tonterías en el telediario como la de que “todas las mujeres que abortan deberían ser castigadas por ley”, apago la tele. Me quieren tomar el pelo esos tipos de la tele. Me quieren hacer creer que esa frase la ha dicho un señor con corbata roja y extraño corte de pelo rojizo que afirma ser el presidente de los Estados Unidos de América. ¿Quién se traga eso?

Mejor salgo a la calle a que me dé el aire. Al llegar al portal, tengo que retroceder a por el paraguas. Es raro que llueva en esta época del año. Juraría que los del tiempo habían asegurado que iba a estar bastante despejado. En fin… Agarro el paraguas y apenas doy unos pasos cuando me cruzo con dos mujeres vestidas de escarlata. Llevan unas túnicas escarlatas y ocultan el cabello con cofias blancas similares a las que usan las criadas de los cuadros de Vermeer. Me parece que una estaba embarazada, pero no lo puedo asegurar. Igual son Mormonas. Tal vez ahora las obliguen a llevar esas túnicas. A lo mejor acaban de salir de un casting para una nueva adaptación de “La Letra Escarlata”. Sólo que no llevan cosida una gran “A” en el pecho. ¡Qué gran novela! Recuerdo que no la he vuelto a leer desde la universidad. Igual va siendo hora.

Continúo mi paseo y me vuelvo a cruzar con otras dos mujeres de idéntico atuendo a las anteriores. Esta vez me fijo bien y, a menos que lo que una lleva bajo la túnica sea un cojín, está embarazada. Las dos mujeres mantienen la mirada fija en el suelo y no hablan. Las observo. Se acaban de acercar a otra pareja de mujeres que circula en sentido contrario. Las otras son de más edad y también van vestidas igual: con túnicas azul turquesa. ¡Qué raro es todo! Las que llevan las túnicas escarlatas hacen una reverencia y parecen escuchar unas indicaciones. En todo momento mantienen la cabeza agachada. Las dos parejas se separan. No sé qué pensar. Arrecia la lluvia y me sacude de mi ensimismamiento. Me doy cuenta de que he debido estar ahí parado, en medio de la avenida, demasiado tiempo. Busco refugio. Doy unos saltos hacia el primer toldo que veo, que resulta ser el de un café. No me apetece tomar nada así que aguardo a que la lluvia amaine. Mientras espero tengo ocasión de ver más y más parejas de mujeres que corren de un lado a otro bajo los paraguas. Unas van de escarlata y otras de azul turquesa. También corren algunos hombres. No lo puedo asegurar porque la fuerte lluvia borra los contornos, pero juraría que todos, absolutamente todos, llevan atuendos militares. ¿Qué está pasando? ¿Ha estallado una guerra?

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Cambio de opinión. Me digo que no me viene nada mal entrar y tomarme algo, lo que sea. Pido una copa de vino. Derramo la mitad cuando me percato de que todos los hombres del café son militares o lo parecen. Hay unas pocas mujeres. Ninguna de escarlata. Todos están tranquilos. Las mujeres hablan en voz baja. Algunos hombres leen con atención lo que parecen copias o ejemplares de un mismo libro. De repente, un señor de unos cincuenta y largos años cubierto por una cazadora caqui repleta de galones se pone en pie y proclama: “De cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad. Larga vida a La Biblia. Larga vida a la República de Gilead.” Alza su copa y todos repiten el lema. Después las mujeres hacen el gesto de la cruz sobre sus frentes y hombros.

No estoy dispuesto a permanecer ni un minuto más. Me dirijo a la barra para pagar mi copa cuando el camarero me dice que el señor de los galones me ha invitado a otra. Me giro y, en efecto, el tipo me mira sonriente y hace gesto de brindar. Por hacer algo, le devuelvo la sonrisa, pero le digo al camarero que me disculpe, que se me ha hecho tarde y que otra vez será. Ya estoy a punto de alcanzar el pomo de la puerta y regresar a la avenida cuando dos de los militares me cierran el paso. Me informan de que el señor de los galones desea hablar conmigo. Les respondo que agradezco su amabilidad, pero que me esperan en una cita y no debo… Un segundo después, me encuentro sentado frente al general X.

He observado que no ha brindado usted ni nos ha acompañado en nuestra proclama sagrada.

CONTINUARÁ.

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