¡Ellos se lo han buscado!

“A Ortega Lara habría que secuestrarle ahora.” Éste es uno de los tuits publicados entre noviembre del 2013 y enero del 2014 por el que su autor, el cantante del grupo Def con Dos, César Strawberry, ha sido condenado, nada más y nada menos que por el Tribunal Supremo, a un año de cárcel y a 6 años y 6 meses de inhabilitación absoluta por el delito de enaltecimiento del terrorismo y humillación a las víctimas. La sentencia ha sido casi unánime. Uno de los magistrados solicitó la absolución del acusado al interpretar que ése y los demás tuits del cantante no pasan de ser “meros exabruptos” propios de un tipo de “subcultura que los emite como manera de protesta frente a un establishment que, no sin razón, los excluye.”

En otro de esos tuits, el ahora condenado recordaba con sarcasmo el atentado contra Carrero Blanco y sugería su aplicación a otros miembros históricos de la derecha de este país. La propia nieta de Carrero, al conocerse la noticia, ha declarado que le parecía una barbaridad que alguien pudiese ir a la cárcel sólo por un comentario de ese tipo.

Hay muchas cosas de este país que me siguen asombrando. Que los tuits del susodicho cantante no son más que meras provocaciones destinadas a su público, totalmente desafortunadas y bastante toscas tanto en contenido como en continente, es de una obviedad tan palmaria que me asombra que su caso haya llegado hasta el Supremo. Me asombra que hayan sido constitutivas de “caso.” ¿Pero de verdad se pueden interpretar esos exabruptos como incitación a cometer atentados terroristas? ¿Tan alta es la influencia del cantante, por muchos seguidores que pueda tener en Twitter, como para incidir, en las fechas en que además fueron publicados sus mensajes, en las mentes de algunos perturbados y empujarlos a cometer atrocidades?

Como la respuesta a ambas preguntas resulta tan obvia como la intención de César al publicar sus “pensamientos”, no puedo evitar relacionar esta farsa con el famoso episodio de los titiriteros de Madrid, y sentir vergüenza. Mucha. A raudales.

Vergüenza de una justicia a la que el poder político ya no puede vejar más. Vergüenza de esa clase política que prefiere sembrar el miedo, que como dije en una entrada anterior, sale más a cuenta, a convertirse en lo que debería ser: ejemplo y camino para la sociedad. Utilizar la justicia como ariete frente a la libertad de expresión y de paso, aviso a navegantes: cuidado con lo que dices o publicas o…

Mientras la mayoría de los procesos judiciales que afecta al común de los mortales se empantana cada día un poco más en esos juzgados de primera y segunda instancia (y hasta en los de tercera, si los hubiera) por falta de recursos y personal, sorprende primero y cabrea mucho después, la diligencia con que se ha tratado este asunto y lo alto y lejos que ha llegado. Pero claro, había que darse prisa y darle una buena lección a ese tipo y a otros posibles como él antes de que se prenda la mecha de la insubordinación. Al cómico, al titiritero, a esos holgazanes, a ésos hay que darles jarabe de palo. Es el único lenguaje que entienden.

Mientras, asistimos por televisión al culebrón por entregas del Caso Gurtel. Nada realmente importante. Unos milloncejos de euros que robaron a las arcas públicas unos señores, algunos elegidos de manera estrictamente democrática, en unos tiempos muy, muy lejanos. La instrucción va ya por su octavo año y no se prevé que concluya hasta dentro de otros tantos. Lo que decía más arriba: nuestros pobres juzgados patrios no dan abasto.

En estos tiempos que vivimos sin intelectuales, sin voces críticas que nos hagan reflexionar, parece que son los cómicos los que están dando la nota. Nos gusten o no, acertados o disparatados como el señor César Strawberry, forman parte de eso que llamamos cultura. Esa palabra tan amplia como perniciosa de la que el poder no debe apartar la vista. Con razón se ha quedado por primera vez sin ministerio propio. ¡Ellos se lo han buscado!

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