Representado

¡Bienvenidos!

Bienvenidos a este espacio que ha nacido como lugar de encuentro para todos los lectores que buscan en la narrativa “novelera” una forma válida y legítima de entenderse con el mundo y que siguen pensando que la ficción no existe simplemente para entretener, sino también para compartir ideas y emociones con compañeros que miramos afuera y adentro con las mismas o parecidas lentes.

Si además de la literatura también te interesan otras artes, el estado de la cultura, la política, la filosofía, la historia o la más rabiosa actualidad, anímate a pasarte y pasearte por aquí de cuando en cuando.

PASEN, LEAN Y QUÉDENSE.

Grandes de España

Al final de mi artículo “Varas de medir”, resumía estos tiempos españoles nuestros como “tiempo de pestes”, dado el uso partidista y grotesco que nuestros partidos políticos se están acostumbrando a hacer de la justicia. La casualidad, otra vez, me colocó ante el televisor para que siguiera la serie La Peste. Y la seguí a lo largo de varias noches. Más allá de su factura estilística, basada en los juegos de luces y sombras, con la mayoría de las escenas rodadas de noche a la luz de antorchas y candiles, con persecuciones subterráneas por los laberintos de una Sevilla rica en superficie que se pudría de peste a finales del siglo XVI, a pesar de lo cautivador de su atmósfera, me quedo con las palabras que los guionistas pusieron en boca del médico. Mientras curaba las heridas infligidas al protagonista que casi acaban con su vida, el médico celebraba el fin de la peste por la llegada del frío, que mataba a las ratas, portadoras del temible mal, pero, a la vez, recordaba, auténtico aguafiestas, el carácter cíclico de la enfermedad. Nada se podía hacer contra la peste. Llegaría y se marcharía y volvería a por más. Metáfora para el espectador avezado que en pleno siglo XXI no puede más que darle la razón. A aquella peste la vencimos, pero seguimos sin erradicar otras ponzoñas.

Casi al mismo tiempo que seguía La Peste, me entero del proyecto del Teatro del Barrio, dirigido por el autor, director y actor Alberto San Juan, de llevar al cine su montaje teatral El Rey tras la generosa acogida por parte del público y la crítica. El proyecto casi se topa de bruces con el cumpleaños del monarca emérito, que goza de unos espléndidos 80 años. Todos los medios de la corte celebraron la efemérides, mientras que otros, los que no reciben subvenciones ni del Estado ni de conglomerados empresariales, sino que salen adelante gracias a la publicidad pero, sobre todo, a las cuotas de sus socios, nos recordaban que no todo han sido luces en la biografía del campechano monarca. Una vez más, y ya es sospechoso cómo a veces los hechos se vinculan unos a otros, o con qué sorprendente cercanía cronológica se suceden, días antes del cumpleaños feliz del otrora monarca impuesto por el Generalísimo, nos apena la noticia del triste fallecimiento, a sus 91 años, de la hija de aquel dictador, Doña Carmen Franco y Polo, duquesa de Franco, marquesa viuda de Villaverde y grande de España.

Continuar leyendo “Grandes de España”

Fábula del simio y la serpiente

Debe haber alguna relación, un enlace secreto, con sus códigos a lo Dan Brown, entre los grandes simios y las serpientes, cuando los zoos modernos nos presentan a ambas especies detrás de gruesos cristales.

La historia viene de lejos. El primer hombre y la primera mujer sucumbieron a la tentación del fruto prohibido por seguir los malvados consejos de la serpiente. Con el paso del tiempo, cambiaron las tornas: las serpientes dejaron de dar consejos (incluso enmudecieron y fueron ignoradas, como los demás animales), mientras que nosotros, los descendientes de aquella pareja primera, desarrollamos el binomio inteligencia-habla, y con él, delicadezas como la capacidad de ordenar el mundo y hacerlo pedazos.

El tiempo siguió corriendo e inventamos los zoológicos. Nos hicimos rabiosamente modernos y sustituimos las jaulas de hierro por enormes imitaciones de hábitats naturales y despejados trozos de cristal grueso que nos permiten contemplar a ambos, serpientes y nuestros primos menos aventajados por la evolución, con seguridad. Ya sólo nos falta colocarlos frente a frente, no vaya a ser que nos olvidemos de cómo empezó la historia.

Varas de medir

Ya hace años que venía sospechando que el Franquismo ni se había retirado, ni se había asumido, ni se había depurado jurídica y socialmente, como sí ocurrió en Italia y Alemania, o, más recientemente, con las dictaduras de nuestros tocayos del otro lado del Atlántico. Había señales. Muy sutiles, pero si uno ponía atención, se lograba identificarlas: manifestaciones puntuales de sus seguidores cada 20 de noviembre católico, apostólico y romano; fundaciones sin ánimo de lucro que todavía llevan su nombre; alguna que otra calle de alguna que otra ciudad que sigue recordando el buen hacer de generales del Levantamiento… Franquismo de baja intensidad, por calificarlo de algún modo. A ese Franquismo nos acostumbramos. Como teníamos las libertades que nos garantizó la Constitución del 78, (sin duda, y sin ironía, totalmente necesarias después de casi 40 años de taparse la boca), pues todos tan contentos.

Durante esos mismos últimos 40 años, se nos ha seguido vendiendo a nuestra señora Constitución como”el marco que nos hemos dado entre todos para…”.  El mantra funcionó muy bien. No había que abrir heridas, sino coserlas. ¡Y bien que las cosieron! Atadas y bien atadas, como el hecho no negociable de que el nuevo Estado iba a ser monárquico o no lo sería, tal y como sugirió El Generalísimo. No había que echar la mirada atrás, sino pasar página. ¡Y vaya que sí la pasaron! Había que incluir todas las sensibilidades, incluso las que se habían beneficiado de los pequeños desequilibrios socio-económicos inherentes al Régimen. De esta manera se recauchutaron o reconvirtieron a la nueva fé democrática,  como se han ido  reconvirtiendo las industrias patrias que van dejando de ser rentables, (y no es casual el símil, que a la economía ni mentarla), familias de abolengo que se han ido perpetuando y, qué casualidad, salvo honrosas excepciones que confirman la norma, copando los altos cargos en la economía (¡la he mentado!), las finanzas (con el Ibex 35 por bandera), la justicia y los medios de comunicación. Aparte de las de abolengo, habían otras familias. Esas prometieron el cambio y hay que reconocerles grandes saltos en la escalera de los derechos sociales, sobre todo en la etapa de Zapatero, por mucho que les pese a algunos. Lástima que luego se metieran, “malmetieran”, las eléctricas, y con ellas llegó el escándalo de las puertas giratorias. Hoy estás en el gobierno y mañana de directivo pasota en una eléctrica. Nos acostumbramos. Hasta ahora.

Continuar leyendo “Varas de medir”

Cuando la censura viene de lo gazmoño y lo insulso es todavía peor.

Las noticias llegan como llegan, o como pueden. Uno abre un periódico local una mañana, (insólitos ambos acontecimientos en mi día a día, pues ni dispongo de muchas mañanas libres, ni tiendo a leer noticias locales) y me entero, tarde, ya como de resaca, de la reacción a otra noticia anterior. Así que tengo que proceder hacia atrás, en flashback. Lo primero que me informa ese diario local es del manifiesto firmado por unas 200 personalidades de la cultura en Canarias contra el cierre, “por primera vez en la historia de la democracia española”, de la exposición organizada y sufragada por el Gobierno de Canarias y proyectada en el TEA, y con intención itinerante, “Pintura y poesía: la tradición canaria del siglo XX”. El motivo de dicho cierre, sigo leyendo, es el aluvión de críticas y acusaciones provenientes de la plataforma change.org a instancias del colectivo feminista Artemisia y de los profesores universitarios Yolanda Peralta, Luisa del Rosario y Juan Manuel García Ramos. Las críticas alegan que dicha exposición es abiertamente “misógina” por presentar sólo el trabajo de 3 mujeres frente al de 40 hombres.

Continuar leyendo “Cuando la censura viene de lo gazmoño y lo insulso es todavía peor.”

Vínculos

Días atrás, en conversación wasapeada con una amiga, me confesó que, tras ocho años de convivencia con su pareja, y tras sentirse golpeada por dramas cercanos, se estaba planteando la posibilidad de poner fin a la relación. El trabajo continuo y forzado de su pareja, con la consecuente falta de tiempo libre para ser, al menos, un poco libres, serían los instigadores de la rebelión interna. Mi amiga, en el fondo, me estaba hablando de vínculos, y de que es saludable, higiénico, conveniente, el revisarlos de cuando en cuando. Ponerlos a prueba. Pasarlos por la ITV para detectar quiebras y ofrecer soluciones antes del paso de la solución final.

Vengo leyendo en diversos medios de comunicación opiniones sobre la cuestión catalana. Algunos análisis han tirado del enfoque feminista, desde mi opinión, con bastante acierto, para situar el problema desde otra óptica y así, tal vez, con esas gafas nuevas, verlo con mayor claridad. No sólo los medios, sino hasta algún político, durante el debate en el Congreso sobre el conflicto catalán, parte del cual seguí por la radio, ha apelado a la dialéctica sórdida de la violencia de género, de esos terroristas domésticos del “tienes que estar conmigo porque eres mía”, para desnudar una de las verdades incómodas que se esconden detrás de esta cortina de humo, “el desafío soberanista”, que al Gobierno central le ha interesado levantar para cubrir asuntos que le afectan más directamente, como la corrupción de su partido, que no cesa de ser investigada (y más ahora que Bárcenas puede destapar, ahora sí, en serio, la caja de Pandora). La óptica feminista aplicada al conflicto que han armado, con toda intención, los políticos de ambos bandos, a los que elegimos, cabe recordar, para lo contrario, esto es, para aportar soluciones y abrir caminos de cara al futuro, también viene a hablarnos, como mi amiga, de los mismos vínculos: los de pareja. Todos conocemos matrimonios atados y bien atados que permanecen juntos, no porque se hayan esmerado en lubricar sus vínculos, con esa carga erótica del verbo “lubricar”, que tanto apego muestra por la vida, sino por otras razones entre las que figura el miedo a la soledad. Sus lazos están podridos desde hace tiempo, pero mantienen las apariencias.

Continuar leyendo “Vínculos”

Espejos

No me relegarán a empujar el cochecito de mis nietos por el parque. No me empujarán todas las tardes a echar partidas de dominó en la asociación de vecinos del barrio. No me echarán a la calle en chándal blanco y azul marino. Los cinco kilómetros diarios que le sientan bien a mi circulación, que los recorran ellos. No circularé en rebaño manso de jubilados patrios por calles patrias o extranjeras. No, señores. Conmigo, no.

 

Se levantó un hombre. Recorrió la distancia que lo separaba del espejo más cercano sin distraerse y, ya junto a él, se puso a hacer muecas. Divertidas unas, grotescas otras. Comenzó a hablarle, en un lenguaje nuevo, al que remedaba. Adoptó poses. Ridiculizó actitudes. Llegó a bajarse los pantalones y enseñarle al del espejo, contoneándolas, las nalgas blancas repletas de sarpullidos que sólo existían para la noche. ¿A quién se las mostraba? Diría que al administrativo cerrado, pero sobre todo, muerto, que lo acogotaba desde la misma hora en que sus pies salían de la cama y tocaban el suelo del dormitorio.

 

La señora entró al probador. Le quedaba bien. Incluso la hacía más delgada. No sería justo si no resaltara el papel de la dependienta. La estaba tratando como a una reina: no hacía más que traerle modelitos y pruébese éste y pruébese aquél. Le daba conversación. Le cayó bien la dependienta a la señora. Una chica muy mona, como yo a su edad. Allí, en la soledad del cajón del probador, donde no llegaba el ruido que azota las tiendas de ropa, la del espejo tomó la decisión: irás a esa clínica de la revista y saldrás con una cara nueva. Como la de esta chica tan mona. Una cara que él no podrá dejar de mirar.

Basado en hechos Reales

Los hechos que me dispongo a narrar a continuación constituyen una reconstrucción oblicua y alterada de los originales, esto es, que tan sólo se me ha permitido narrar una parte de lo acontecido y, por evidentes motivos de seguridad, ciertos datos, sucesos y nombres han debido ser enmascarados. Agradezco a la fuente, por supuesto anónima y de toda solvencia, que me hizo llegar la grabación, sin la cual este testimonio no habría salido nunca a la luz.

Día: 3 de octubre de 2017. Hora: 01:30 am. Lugar: Despacho de crisis del Palacio de La Zarzuela. Intervienen: el Jefe del Estado y el comité de redactores de discursos de la Casa del Rey.

Redactor 1: La situación, me temo, es bastante grave, Su Majestad. Creemos que debería usted dirigirse a la Nación y dar una respuesta al desafío independentista.

Redactor 2: Estamos, me temo, ante un hecho histórico. Tiene usted la oportunidad de dirigirse a los españoles y ganarse en sus corazones su puesto de Jefe del Estado, como se lo ganó su padre la noche del 23-F.

Redactor 3: Nos hemos permitido reunirnos y tomarnos la molestia de elaborar este discurso que consideramos contundente, pero necesario, dadas las circunstancias y la gravedad de los hechos que, tristemente, hemos presenciado en las últimas horas.

Continuar leyendo “Basado en hechos Reales”

Un nuevo caso para Eusebio Carvalho

Ya he llegado a una conclusión racional sobre su caso. ¿Desea que me acerque a su domicilio o prefiere venir al sanatorio?

En veinte minutos, media hora a lo sumo, estaría apretando el botón de mi portero, afirmó. Tiempo suficiente para darme una ducha rápida, ponerme algo cómodo, pero decente, preparar café y unas galletas. No negaré que estaba nervioso. Era comprensible: justo una semana antes, durante nuestro último encuentro, el detective Carvalho me había anunciado, con el semblante más serio de lo que acostumbraba, que en siete días tendría la respuesta sobre mi caso. Que aguardara mi llamada. Se acababa de cumplir el plazo y, en efecto, ahí tenía a Pepe, como un clavo, al otro lado de la línea.

Continuar leyendo “Un nuevo caso para Eusebio Carvalho”

Sin moverme de mi casa

Hace unos días, como no tenía nada preparado para almorzar, me fui con mi hijo al bar de la esquina que está muy cerca de mi casa. No es un bar de esquina como los que llevamos en nuestro imaginario, ese disco duro que algunos, los más decididos, van llenando a medida que crecen y toman cuerpo, y del que sobresalen, por cabezotas, determinados recuerdos, ideas o prejuicios. Cierto que mantiene algunas características básicas: menú limitado; sillas y mesas metálicas donadas por alguna entidad sin ánimo de lucro; barra más larga que ancha; amplia selección de bebidas alcohólicas que nos contemplan desde las alturas; televisor grande, de los de pantalla plana, para que no nos perdamos nada mientras nos perdemos todo… Hasta ahí llegan las similitudes. Compensan la calidad de su comida casera, el buen trato de los propietarios, el rigor en la limpieza… Sin ser cafetería, por su luminosidad y aspecto decente, me aventuro a predecir que sería del agrado de Hemingway.

Continuar leyendo “Sin moverme de mi casa”

El comedor

Curiosa habitación el comedor. Desprovisto ya de su función original, ¿quién come hoy en día en el comedor de su casa?, se resiste y no se extingue. Todavía no. Se aferra a la actualidad de los días y reclama su espacio de privilegio en la casa. Se le sigue dando un trato preferencial: a menudo se encuentra en una posición más o menos central; se le coloca de manera que sea lo primero que vean las visitas, bien recibidas o inesperadas; se ve acompañado por estanterías, bibliotecas o aparadores, que en algún lugar habrá que colocar las fotos de la comunión del niño, o los gruesos volúmenes de las enciclopedias que compraron nuestros padres o abuelos allá por los setenta y ochenta. Enciclopedias que reinan sin competencia de más libros. Casas sin libros, pero plagadas de enciclopedias que quedaban bien, hacían bonito, y ahí siguen, especímenes tan raros como el comedor.

Pieza de museo. De museo arqueológico. Como las novelas victorianas, uno puede hacerse una idea, más o menos general, de cómo era la vida cotidiana de la clase más o menos media española de hace unas décadas con darse una vuelta por esos comedores de nuestros padres. Ahora guardan silencio, pero fueron testigos de las reuniones de los fines de semana. También alojaban a los comensales que se veían atraídos por los banquetes de los grandes acontecimientos: el pariente recién llegado de Venezuela o Cuba con los billetes cargados de bolsillos, o al revés; la llegada de un nuevo miembro a la familia, esperado, por supuesto; las buenas nuevas de la colocación de un hijo en una empresa respetable… Ahora guardan silencio. Comedores sin comensales. Mesas y sillas más o menos de diseño reemplazan a las antiguas, pero todas, nuevas y viejas, languidecen desde esa posición central privilegiada que ignoran las visitas, tanto las bien recibidas, como las inesperadas, que son las que de verdad emocionan o nos ponen a temblar.

A los comedores se les debería exhibir con más regularidad en galerías de arte contemporáneo. Galerías de paredes blancas y angulosas, paredes de diseño, como aquellas mesas y sillas, que no distraen la atención del visitante. Salas cuadradas donde es posible tomarse uno su tiempo para observar los detalles, y leer con detenimiento la información en las placas blancas y rectangulares que los definen, explican y acercan. Enigmáticos, los comedores se prestan, son aptos para las preguntas que el buen arte contemporáneo, las bellas artes, nos obligan a formularnos. Nada es lo que parece. Lo que fue, ya no es. Lo que será, nadie lo sabe todavía. Surgen hipótesis. Gana terreno la que sugiere que el comedor es ya mero símbolo de poder adquisitivo. Artículo de lujo, adorno que, libre de ese fastidioso, vulgar pasado que lo ataba a la vulgaridad cotidiana del comer, se reivindica, se reinventa, como dicen hoy tantos desde tantos tontos tronos y púlpitos, algunos de iglesia, de los de verdad, y se convierte en metáfora de una vida ¿moderna?, ¿líquida?, ¿vacía de contenidos, pero abundante de continentes?

Bellos, lánguidos, inútiles como los artistas y las artes en general, las bellas, las buenas y las malas, los comedores siguen en su sitio. No dan brazo a torcer. No se extinguen. Todavía no.