Representado

¡Bienvenidos!

Bienvenidos a este espacio que ha nacido como lugar de encuentro para todos los lectores que buscan en la narrativa “novelera” una forma válida y legítima de entenderse con el mundo y que siguen pensando que la ficción no existe simplemente para entretener, sino también para compartir ideas y emociones con compañeros que miramos afuera y adentro con las mismas o parecidas lentes.

Si además de la literatura también te interesan otras artes, el estado de la cultura, la política, la filosofía, la historia o la más rabiosa actualidad, anímate a pasarte y pasearte por aquí de cuando en cuando.

PASEN, LEAN Y QUÉDENSE.

Sin moverme de mi casa

Hace unos días, como no tenía nada preparado para almorzar, me fui con mi hijo al bar de la esquina que está muy cerca de mi casa. No es un bar de esquina como los que llevamos en nuestro imaginario, ese disco duro que algunos, los más decididos, van llenando a medida que crecen y toman cuerpo, y del que sobresalen, por cabezotas, determinados recuerdos, ideas o prejuicios. Cierto que mantiene algunas características básicas: menú limitado; sillas y mesas metálicas donadas por alguna entidad sin ánimo de lucro; barra más larga que ancha; amplia selección de bebidas alcohólicas que nos contemplan desde las alturas; televisor grande, de los de pantalla plana, para que no nos perdamos nada mientras nos perdemos todo… Hasta ahí llegan las similitudes. Compensan la calidad de su comida casera, el buen trato de los propietarios, el rigor en la limpieza… Sin ser cafetería, por su luminosidad y aspecto decente, me aventuro a predecir que sería del agrado de Hemingway.

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El comedor

Curiosa habitación el comedor. Desprovisto ya de su función original, ¿quién come hoy en día en el comedor de su casa?, se resiste y no se extingue. Todavía no. Se aferra a la actualidad de los días y reclama su espacio de privilegio en la casa. Se le sigue dando un trato preferencial: a menudo se encuentra en una posición más o menos central; se le coloca de manera que sea lo primero que vean las visitas, bien recibidas o inesperadas; se ve acompañado por estanterías, bibliotecas o aparadores, que en algún lugar habrá que colocar las fotos de la comunión del niño, o los gruesos volúmenes de las enciclopedias que compraron nuestros padres o abuelos allá por los setenta y ochenta. Enciclopedias que reinan sin competencia de más libros. Casas sin libros, pero plagadas de enciclopedias que quedaban bien, hacían bonito, y ahí siguen, especímenes tan raros como el comedor.

Pieza de museo. De museo arqueológico. Como las novelas victorianas, uno puede hacerse una idea, más o menos general, de cómo era la vida cotidiana de la clase más o menos media española de hace unas décadas con darse una vuelta por esos comedores de nuestros padres. Ahora guardan silencio, pero fueron testigos de las reuniones de los fines de semana. También alojaban a los comensales que se veían atraídos por los banquetes de los grandes acontecimientos: el pariente recién llegado de Venezuela o Cuba con los billetes cargados de bolsillos, o al revés; la llegada de un nuevo miembro a la familia, esperado, por supuesto; las buenas nuevas de la colocación de un hijo en una empresa respetable… Ahora guardan silencio. Comedores sin comensales. Mesas y sillas más o menos de diseño reemplazan a las antiguas, pero todas, nuevas y viejas, languidecen desde esa posición central privilegiada que ignoran las visitas, tanto las bien recibidas, como las inesperadas, que son las que de verdad emocionan o nos ponen a temblar.

A los comedores se les debería exhibir con más regularidad en galerías de arte contemporáneo. Galerías de paredes blancas y angulosas, paredes de diseño, como aquellas mesas y sillas, que no distraen la atención del visitante. Salas cuadradas donde es posible tomarse uno su tiempo para observar los detalles, y leer con detenimiento la información en las placas blancas y rectangulares que los definen, explican y acercan. Enigmáticos, los comedores se prestan, son aptos para las preguntas que el buen arte contemporáneo, las bellas artes, nos obligan a formularnos. Nada es lo que parece. Lo que fue, ya no es. Lo que será, nadie lo sabe todavía. Surgen hipótesis. Gana terreno la que sugiere que el comedor es ya mero símbolo de poder adquisitivo. Artículo de lujo, adorno que, libre de ese fastidioso, vulgar pasado que lo ataba a la vulgaridad cotidiana del comer, se reivindica, se reinventa, como dicen hoy tantos desde tantos tontos tronos y púlpitos, algunos de iglesia, de los de verdad, y se convierte en metáfora de una vida ¿moderna?, ¿líquida?, ¿vacía de contenidos, pero abundante de continentes?

Bellos, lánguidos, inútiles como los artistas y las artes en general, las bellas, las buenas y las malas, los comedores siguen en su sitio. No dan brazo a torcer. No se extinguen. Todavía no.

Resucito a medias: de bolardos, carroñeros y sinvergüenzas

Resucito en este blog después de un silencio necesario. Sigo con mi cruz a cuestas, por poner un símil cristiano, y no logro ver mi Gólgota, por lo que apenas debo haber comenzado mi calvario. No me preocupa. No tengo prisa.

Hasta ahora sólo he podido concentrarme en mi nueva novela y en escribirle a Julieta, desde un punto de vista puramente personal y terapéutico. Son escrituras a las que podía meterles mano. No tenía planeado volver tan pronto a esta plaza, pero la culpa de esta resurrección a medias hay que echársela, no a la brutalidad y la barbarie de estos últimos días, sino a unos cuantos carroñeros que, una vez más, han querido sacar provecho de la situación. En otra palabras: reacciono por repugnancia hacia ciertos comportamientos y críticas vertidas por medios, redes sociales e individuos concretos.

Empecemos por los últimos. Ése que dice que va un párroco y aprovecha la homilía del domingo para culpar a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, del atentado yihadista del pasado día 17, por no haber colocado bolardos en las calles donde se perpetró la masacre. ¡Qué señor más simpático!

Ése otro que dice que va un señor, al parecer alcalde de Alcorcón, que ya protagonizó algún momento estelar por nada, unos comentarios machistas de nada, de ésos que se les escapan a cualquiera, hombre, y se suma al simpático párroco de Cuatro Caminos en sus críticas a la alcaldesa por la falta de esos bolardos que, al parecer, tienen propiedades milagrosas. ¡Qué risas! ¡Qué gente más marchosa tenemos al frente de algunos ayuntamientos!

O aquél que dice que va un ex-ministro de la época de Aznar al que, de cuando en cuando, le ponen delante un micrófono amigo, y suelta una de esas ocurrencias que ya, según la pronuncia, se convierte en material de archivo: la culpa de la masacre de Barcelona es de todo el orbe occidental por haberse vuelto ateo y, de paso, haber aprobado el matrimonio homosexual. ¡Doble salto mortal sin pértiga!

Siempre se aprende algo. Incluso de los carroñeros. Ahora ya sé el nombre oficial de esos macetones que suelen decorar las calles peatonales de tantas ciudades del mundo. Antes los llamaba, en mi “falta de ignorancia”, macetones. ¡Fíjate tú!

Están los grupos. La CUP, con cuya ideología se puede o no estar de acuerdo, como con cualquier otro partido político, va y se hace la graciosa y ataca la visita del Rey en Barcelona porque al buen hombre se le ocurrió que mejor cumplía con uno de sus deberes institucionales. Como esto de reír es un no parar, al monarca se le ha hecho el feo de evidenciar la histórica / histérica relación que inició su bonachón padre emérito con la dinastía “hermana” de Arabia Saudí, nada sospechosa de financiar al Estado Islámico, ese ente con tentáculos y sistemas de espionaje, al parecer, nada despreciables, capaz de llegar a mezquitas e imanes del gran y malvado Orbe Occidental. Tampoco han faltado intentos de vincular el atentado con posiciones independentistas. La carroña está servida. Todos a la mesa.

Están los medios. Los llamados medios de comunicación. Los grandes. Los consolidados. Los que tienen experiencia y, en cumplimiento de su deber de mantenernos informados, divulgan imágenes frescas de las víctimas recién salidas del horno de la barbarie. Lo hacen por nuestro bien. Para que nos sintamos identificados y suframos juntos. Menos mal que hicieron caso omiso de los consejos de la Policía Nacional y la Guardia Civil, que, en su insensatez, llegaron a recomendar, desde sus cuentas de Twitter, que no se divulgaran imágenes de las víctimas por respeto hacia las mismas. ¡Qué falta de juicio!

Están las redes sociales, esa hidra de mil cabezas que lo mismo reparte pan y peces que escupe fuego y odio. Los más descerebrados han ido criticando a esos medios oficiales y consolidados por divulgar las imágenes cancerígenas. Los sabios han entendido la lección del atentado e instado a expulsar de nuestro reino a esos islamistas a los que nada se les ha perdido aquí.

Está, por fortuna, una parte de la población civil, vecinos de Barcelona y grupos antifascistas, que abortaron, de manera espontánea, un conato de estupidez que se había convocado contra la presencia de inmigrantes de origen árabe. Insultos y lluvia de huevos contra el discurso del odio. Venga de donde venga. Tan mezquino es el imán salafista de Ripoll como los neofascistas que van surgiendo al amparo del yihadismo. Ésa es la lección. Ésa es mi esperanza. Ya basta de que nos tomen por tontos. Es la hora de deshacernos de todos esos carroñeros que nos sobran.

 

 

 

Tierra de nadie

A los que leemos, con la práctica, ya no nos sorprende el hecho de que, a menudo, tendemos a escoger libros o, sobre todo, pasajes, en los que lo que se nos cuenta parece escrito sólo para nosotros. A este fenómeno muchos le dan la vuelta y llegan a afirmar que no somos nosotros sino ellos, los libros, los que se nos ponen delante para explicarnos en la ficción lo que nos está pasando en nuestras vidas en esos mismos momentos y que sólo entendemos a medias.

Ayer volví a leer por primera vez desde la muerte de Julieta. A pesar de mi conocimiento del fenómeno, juro que retomé la lectura de Mac y su contratiempo sin más expectativas que las de seguir disfrutando del estilo y la temática que ya me resultaban familiares desde Bartleby y compañía y que han hecho de Vila Matas uno de mis autores de referencia. Comienzo a leer por la página 133 y me encuentro con el siguiente pasaje, que transcribo ahora: “En cualquier caso… me ha ayudado a imaginar algo en lo que creo que nunca había pensado: libros en los que el lector iría leyendo lo que le iba sucediendo en la vida, justo en el momento en que todo eso iba ocurriendo.” Me detuve, pero juro, vuelvo a jurar, que aún no me sentía interpelado. Esa frase, más bien, me hizo recordar momentos de obras de Cortázar y Modiano, leídos hace bastante ya, de los que extraje esas constantes entre vida y literatura.

Sigo leyendo y se me informa de cómo el narrador de Mac y su contratiempo anota en su diario las reflexiones a las que ha llegado tras terminar un nuevo capítulo de la novela de juventud de su vecino, Walter y su contratiempo, que lo mantiene bastante ocupado. Nos resume la trama de ese capítulo, que lleva por título El efecto de un cuento, y nos dice que, a su vez, está inspirado en el relato Aquí vivía yo, de la gran autora en lengua inglesa Jean Rhys. Otra coincidencia: había leído de esta autora quizá su novela más conocida y aclamada, Wide Sargasso Sea, inspirada en Jean Eyre, y la recuerdo como una lectura placentera. Se da el caso, además, de que Rhys dio a la imprenta esa última novela después de haber dejado de escribir durante décadas. Muchos hasta pensaban que ya había muerto. Caso muy del gusto de Vila Matas.

“Aquí vivía yo” era lo que la protagonista del cuento del mismo título murmuraba al acercarse a su casa tras, por lo visto, haber pasado un tiempo fuera. La casa no era exactamente la misma y ahora la habitaban desconocidos. El final del breve relato nos sugiere, con toda la sutileza de su autora, que la mujer era, en realidad, su fantasma y que acababa de ser consciente de su nueva naturaleza.

En El efecto de un cuento, el niño protagonista queda profunda e irremediablemente afectado por la escucha casual de la lectura de Aquí vivía yo. Por primera vez el niño entiende la idea de la muerte, de que va a morirse algún día, y queda confinado a su cama por un tiempo. Se recupera y se integra en su vida de niño pero con la certeza de que esa etapa en la que sigue viviendo, su infancia, ha tocado a su fin.

Sólo hacía unos días que tuve que comunicarle a mi hijo la muerte de su madre, en el coche, lluvia afuera, a escasos metros del tanatorio donde velaríamos su cuerpo y al que no tendría acceso. Su reacción, para mi sorpresa, no fue muy distinta de la mía. Sí que insistió en la idea de revivir, de que estaba muerta pero seguía pensando, de que cómo iba a ser que la quemaran… Al día siguiente, cuando tuve que contarle cómo iba a ser la ceremonia de despedida, de nuevo me sorprende. No había nada en él del niño de ayer. El nuevo niño me aseguraba que no tenía que explicarle nada, que ya sabía lo que era la muerte porque ya lo habían ido hablando en el colegio. Al contrario que el protagonista de El efecto de un cuento, no siento que mi hijo dé por perdida la infancia. Ha sido muy diligente a la hora de continuar con sus rutinas, cosa en la que colaboro a golpe de consejo de psicóloga. Sí ha despertado lo que de maduro habitaba en él y que, probablemente por comodidad, prefería dejar dormido.

Llega la hora de acostarse y Julieta, como la mujer de Aquí vivía yo, tras el contratiempo, regresa a la casa familiar. Llega como fantasma, claro, pero sabe que, si se hiciera visible, no sólo la reconoceríamos, sino que intentaríamos abrazarla. La estábamos esperando. Seguimos a la escucha. Nos mudaremos de casa. Regresaremos a la otra casa familiar y sabremos que nos ha seguido. Volveremos a mudarnos. A otra casa nueva, desconocida, de la que no podemos decir todavía si llegará o no a resultarnos familiar. No tiene importancia. Ni del todo de aquí, ni del todo de allí. Seremos, los tres, emigrantes, y nos haremos compañía en nuestras expediciones por ese territorio que, por fortuna, nadie puede reclamar.

“El cuento de la criada” ya está entre nosotros: continuación

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¿Cuánto tiempo habrá pasado? ¿Media hora? Nunca he sido muy bueno calculando. Si no me hubieran requisado el reloj, sabría qué hora es y ese dato, inservible en otra época, me resulta ahora tan necesario… Igual no me lo requisaron y sigue sobre la mesa de noche tan tranquilo, con sus minutos y segundos. No me acuerdo… Me duele muchísimo la cabeza. Ahora mismo, para escribir estas líneas, debo hacer un esfuerzo enorme. Al menos no me arrancaron la libreta. Es mi único tesoro aquí dentro. Me escuece la garganta. Me arde la cara. No veo bien de un ojo. Me pesa el cuerpo como si no fuera mío. Como si arrastrara un cadáver sin decidirme dónde sepultarlo. Ojalá recordase lo que me ha pasado. Sólo sé que tengo la libreta y que estoy encerrado.

Oigo pasos que se acercan. También otro sonido familiar que identifico con un locutor de radio o televisión. Los pasos se detienen junto a la puerta. Un carcelero la abre mientras el otro deja en el suelo dos bandejas con agua y lo que parecen dos platos de sopa. Si me quedaran fuerzas, le estrellaría el plato en la cara al primero y la jarra de agua en la cabeza del segundo y escaparía. Si mi garganta estuviera despejada y limpia, gritaría, exigiría una explicación. Cuerpo de moribundo. Dolor de cabeza.

Me retiro a una esquina a disfrutar de mis sobras como un animal salvaje. Me llevo a la boca mi segunda cucharada de caldo espeso y amargo cuando, de la oscuridad de mi celda, surge una presencia. La sombra se acerca a la bandeja, la toma con ambas manos y desaparece. Me pongo en pie, como un hombre, y pregunto: “¿quién anda ahí?”. No espero que el fantasma me responda porque sabemos que no es su costumbre y, aún así, repito la pregunta. Oigo los sorbos del caldo. Me dirijo hacia la guarida de la alimaña hasta que tropiezo con un bulto. Logro asir una muñeca que se retuerce y detengo una mano tras recibir varios arañazos en la cara. Las dos bestias alcanzamos una tregua. Necesitamos respirar.

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“El Cuento de la criada” ya está entre nosotros.

 

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Harto de escuchar tonterías en el telediario como la de que “todas las mujeres que abortan deberían ser castigadas por ley”, apago la tele. Me quieren tomar el pelo esos tipos de la tele. Me quieren hacer creer que esa frase la ha dicho un señor con corbata roja y extraño corte de pelo rojizo que afirma ser el presidente de los Estados Unidos de América. ¿Quién se traga eso?

Mejor salgo a la calle a que me dé el aire. Al llegar al portal, tengo que retroceder a por el paraguas. Es raro que llueva en esta época del año. Juraría que los del tiempo habían asegurado que iba a estar bastante despejado. En fin… Agarro el paraguas y apenas doy unos pasos cuando me cruzo con dos mujeres vestidas de escarlata. Llevan unas túnicas escarlatas y ocultan el cabello con cofias blancas similares a las que usan las criadas de los cuadros de Vermeer. Me parece que una estaba embarazada, pero no lo puedo asegurar. Igual son Mormonas. Tal vez ahora las obliguen a llevar esas túnicas. A lo mejor acaban de salir de un casting para una nueva adaptación de “La Letra Escarlata”. Sólo que no llevan cosida una gran “A” en el pecho. ¡Qué gran novela! Recuerdo que no la he vuelto a leer desde la universidad. Igual va siendo hora.

Continúo mi paseo y me vuelvo a cruzar con otras dos mujeres de idéntico atuendo a las anteriores. Esta vez me fijo bien y, a menos que lo que una lleva bajo la túnica sea un cojín, está embarazada. Las dos mujeres mantienen la mirada fija en el suelo y no hablan. Las observo. Se acaban de acercar a otra pareja de mujeres que circula en sentido contrario. Las otras son de más edad y también van vestidas igual: con túnicas azul turquesa. ¡Qué raro es todo! Las que llevan las túnicas escarlatas hacen una reverencia y parecen escuchar unas indicaciones. En todo momento mantienen la cabeza agachada. Las dos parejas se separan. No sé qué pensar. Arrecia la lluvia y me sacude de mi ensimismamiento. Me doy cuenta de que he debido estar ahí parado, en medio de la avenida, demasiado tiempo. Busco refugio. Doy unos saltos hacia el primer toldo que veo, que resulta ser el de un café. No me apetece tomar nada así que aguardo a que la lluvia amaine. Mientras espero tengo ocasión de ver más y más parejas de mujeres que corren de un lado a otro bajo los paraguas. Unas van de escarlata y otras de azul turquesa. También corren algunos hombres. No lo puedo asegurar porque la fuerte lluvia borra los contornos, pero juraría que todos, absolutamente todos, llevan atuendos militares. ¿Qué está pasando? ¿Ha estallado una guerra?

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En realidad: apuntes sobre “Barrio perdido” de Patrick Modiano

 

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He leído novelas policíacas toda mi vida y si tuviera que escoger un autor del género, sería Ambrose Guise. Debo tener unas ocho o diez de su colección en la biblioteca. Confieso que hace tiempo que no las releo -tal vez tema en secreto que, si lo hiciera, no las encontraría tan estupendas como la primera vez-, pero las asocio con esas primeras lecturas de juventud y me gusta pensar que influyeron en lo que vino después.

Hará como unas dos semanas que me dio por acercarme a la biblioteca de mi pueblo en busca de alguna sorpresa. Mi amiga, la bibliotecaria, parece conocer mis gustos literarios porque siempre acierta con sus recomendaciones. Esa vez la obra que escoge para mí es “Barrio perdido”, del escritor francés y Premio Nobel de Literatura 2014 Patrick Modiano. Había oído hablar de él pero no habíamos coincidido. Leídas las primeras páginas, supe que seríamos amigos y que me acompañaría en mis viajes de ida y vuelta a Bilbao y, por las noches, en mis viajes de ida a la cama.

Al poco de comenzar a leer, y para mi sorpresa MAYÚSCULA, me entero de que el nombre del narrador es el mismo Ambrose Guise y que, en efecto, afirma ser escritor de novelas policíacas. No salía de mi asombro: de modo que a este Modiano también le deben gustar las novelas de Ambrose… No puede ser una coincidencia. ¿Por qué, de entre todos los autores ingleses del género policíaco, escogió ése y no otro?

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Entre la derecha y la derecha extrema

Enlace a un interesante artículo publicado en El Diario en relación a las elecciones francesas. Sí, ha ganado la democracia de momento, pero también ha sido una victoria para los mercados, el FMI, el Banco Mundial, las grandes fortunas… Los sospechosos habituales. Todo sigue igual. ¿Queremos esta Europa?

http://www.eldiario.es/theguardian/Pen-discurso-identidad-nacional-politico_0_640436719.html

“SEMOS” DIFERENTES

Como la mañana se despertó luminosa y los niños están de vacaciones, la abuela decide llevarlos, cubo y pala de playa en mano, a hacer castillos con esa arena algo gruesa pero tan a mano que hay ahí mismo, a unos metros de su casa, en ese solar donde sólo quedan unos cuantos muros y apenas va nadie, salvo algún turista y esos señores raros empeñados en sacarle el polvo a las piedras con pinceles y otras herramientas que no sabría definir. Como la noche está tan agradable y le apetecía echarse el último cigarrillo, ¿por qué no acercarse a ese solar mientras el perro pasea y hace sus necesidades entre los pocos muros que quedan? Claro que hay otros lugares a los que llevar a su mascota, pero ése suele estar muy tranquilo a esa hora. No es que sea mucho más animado de día: ha visto algunos turistas que encuentran atractivas esas piedras gastadas y, sí, ahora se acuerda, unos señores con pinta de no ser de ahí, que se pasan la mañana arrancándole matojos a los muros y limpiándolos con herramientas que no sabría definir. Situaciones cotidianas que cobran otro significado si esas piedras gastadas y esos pocos muros son los vestigios de una ciudad romana, y esa arena peculiar, la grava por la que circularon hombres y carros hace casi dos mil años.

Esto me contó un buen amigo en reciente conversación telefónica. La información le vino por boca directa de esos señores raros que resultaron ser arqueólogos y que llevaban trabajando en el lugar histórico desde 1980. Testigos de los hechos que se narran. Acordamos, mi amigo y yo, que de ninguna manera se trataba de un suceso aislado sino que, por el contrario, constituyen la norma en nuestro país.

Es que seguimos siendo diferentes, como decía la canción. Llevo toda mi vida escuchando lo de que sin duda hemos avanzado mucho pero todavía queda bastante por hacer. Da igual si lo aplicamos a la justicia, la educación, la violencia machista o, como el caso que nos ocupa, la conservación de nuestro patrimonio histórico. Lo hemos escuchado hasta la náusea y me temo que ya se ha convertido en otro lugar común, en una simple frase hueca que se dice para rellenar una conversación tediosa. A veces pienso si no tenemos remedio. Tendemos a echarle la culpa de todos los males patrios a la clase política (con toda razón) pero olvidamos que esa clase política no viene de otro planeta. También nuestros dirigentes han mamado, como todos, de una herencia lastrada por el caciquismo rural, el nepotismo y la impunidad. A estas lacras hay que sumarle el peso de una guerra civil y su manto de 40 años de dictadura. Tiempo de sobra para que se forje una conciencia. Igual me impaciento. Igual los cuarenta años siguientes no bastan para que se constituya otro pensamiento.

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