Representado

¡Bienvenidos!

Bienvenidos a este espacio que ha nacido como lugar de encuentro para todos los lectores que buscan en la narrativa “novelera” una forma válida y legítima de entenderse con el mundo y que siguen pensando que la ficción no existe simplemente para entretener, sino también para compartir ideas y emociones con compañeros que miramos afuera y adentro con las mismas o parecidas lentes.

Si además de la literatura también te interesan otras artes, el estado de la cultura, la política, la filosofía, la historia o la más rabiosa actualidad, anímate a pasarte y pasearte por aquí de cuando en cuando.

PASEN, LEAN Y QUÉDENSE.

ESTORBO

 

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La denunciante, M. H. G., de 69 años de edad y vecina del Camino Largo, sito en el municipio de La Laguna, declara que en la mañana del pasado martes, 3 de julio del presente año de 2018, se despertó, tal y como acostumbra, a las siete y cuarenta y cinco horas. Declara que se tomó la píldora verde para la memoria que deja cada noche en la mesilla, como de costumbre. Afirma que el hueco que había dejado el cuerpo de su marido en las sábanas de la cama apenas difería del de los días precedentes. Refiere que el desaparecido se dormía rápido, que no roncaba ni cambiaba de posición. Siempre se levantaba antes que M. H. G. La denunciante afirma que se encaminaba hacia el cuarto de baño, cuando un enorme ropero le bloqueaba el paso. Insiste en que no le constaba haber visto antes el mencionado ropero en su vivienda. Se trataba de un mueble bastante desvencijado, pero lo suficientemente sólido como para que M. H. G. no pudiera desplazarlo. Refiere que llamó a su marido desde el móvil, pero constata que la melodía que sonó desde alguna habitación de la vivienda se correspondía con la del móvil del desaparecido. Declara que pensó que habría ido a comprar las barras de pan, como solía hacer todas las mañanas, incluso antes de la jubilación, y se había dejado olvidado el aparato. Sostiene que le había ocurrido alguna vez. Sostiene que el desaparecido gozaba de relativa buena salud, física y mental, si bien, en los últimos años, se desgastaba frente al televisor, o asomado al balcón para ver pasar a la gente y no estorbar así a la denunciante en sus quehaceres domésticos.

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NO ES SÁNCHEZ. SON LOS MERCADOS.

Hace unos días, un buen amigo me envió un vídeo sobre la conferencia que Ignacio Martínez Mendizábal, paleontólogo y miembro del equipo de las excavaciones del “Proyecto Atapuerca”, impartió a alumnos de un instituto de secundaria. En dicho acto, el científico abordó muchas cuestiones interesantes hasta desembocar en una conclusión rotunda y emotiva.  De los tres yacimientos que conforman el proyecto, el más importante, al que sólo tienen acceso los investigadores, es “La sima de los huesos”. Con dataciones de medio millón de años, alberga la mayor colección de huesos humanos de la prehistoria del mundo. Más que todos los otros yacimientos juntos. Una de las joyas de la corona de este santuario es el cráneo de una niña que tenía unos 12 años en el momento de su muerte. Lo que hace especial este hallazgo es que el cráneo presenta unas malformaciones que evidencian discapacidades intelectuales y motrices severas. Aún así, la niña había sobrevivido hasta los 12 años. La explicación ofrecida por el profesor Martínez Mendizábal es que su tribu cuidó de ella, aunque ella no pudiera ser de utilidad alguna a su tribu. Dicho de otro modo, nuestra especie es la única que se ocupa de sus individuos más vulnerables.

Otro rasgo que el conferenciante destacó como exclusivo de la especie humana es nuestra capacidad para ocuparnos también de nuestros muertos (el accidente del Yak-42 y los miles de españoles que siguen enterrados en las cunetas desde el inicio de la Guerra Civil y cuyos cadáveres no dejan de reclamar sus “pesados” familiares son las excepciones que confirman la regla). “La sima de los huesos” no es otra cosa que un monumento funerario deliberado, “el primer acto funerario de la historia de la humanidad”, en palabras del paleontólogo, como además atestigua la presencia de un bifaz de color rojo que no se encuentra en la zona, por lo que fue llevado hasta allí desde lejos y arrojado como ofrenda a los muertos. Por si tantas revelaciones no fueran suficientes, Martínez Mendizábal citó al mismísimo Darwin para venir a decir que esta preocupación exclusivamente humana de ayudarse unos a otros y de sacrificarse por el bien común ya la había definido el famoso científico inglés en su libro El origen del hombre, que escribiría al final de su vida, como ejemplo de “selección natural”, en tanto que dicha preocupación nos hizo prevalecer sobre las demás especies. Para mí, que no he leído a Darwin, la revelación me sorprendió. Hasta entonces, todo lo que sabía sobre su concepto de “selección natural” tenía que ver con la supervivencia de los más fuertes. Es el sentido que se popularizó hasta impregnar todas las capas de las sociedades occidentales, desde su aplicación a la industria para justificar las condiciones laborales de los trabajadores, hasta su implantación en la literatura, dando pie a la “novela naturalista”, que comenzara Zola en Francia y a la que se apuntarían desde Pardo Bazán hasta Jack London. Por no haber leído a Darwin, me he perdido el otro sentido, mucho más solidario y ciudadano que el primero.

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“Mundo volátil” estará en la Feria del Libro de Portugalete

“Mundo Volátil”, de Javier Delgado, un libro editado con sello émepe en 2016, que está disponible a la venta en nuestra librería online y estará también en nuestra caseta de la I Feria del Libro de Portugalete (del 14 al 17 de junio)
Una novela que analiza en profundidad la búsqueda constante del ser humano hasta encontrarse a sí mismo. Una obra en la que el lector se enfrentará a grandes temas como el drama de la soledad, la rebeldía de la juventud, la incompetencia para ser feliz o el inconformismo ante lo cotidiano. Una auténtica ruta por el paisaje psíquico del malestar cotidiano. Más información: https://www.mundopalabras.es/…/gen…/narrativa/mundo-volatil/.

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GATOS DE SALÓN. PERROS DE AZOTEA. GENTE DE GARAJE.

Por fin llegó el gran día. Primer domingo desde la jubilación del marido.

Los domingos siempre habían sido muy cotizados por la familia, ya que permitían labores como pintar paredes, acumular en el garaje motores viejos y vigas de madera, lavar el coche en la calle o cubrir su recipiente de líquido limpiaparabrisas, pasar el paño a los muebles, taladrar paredes, arreglar grifos, arreglar.

El gran día, cuando los hijos llegaron a la casa paterna a colaborar en “la gran operación”, como la había bautizado el padre, se encontraron con una agradable sorpresa. No era el bizcocho de limón y chocolate, que bien podría alimentar a veinte comensales, que había confeccionado la madre el día antes con paquetes de harina, levadura y mucho amor, y que también constituyó una sorpresa agradable, sino el gato. Desde ese momento, el gato dejaría de vagar por la casa y de entrar y salir a su antojo para convertirse en un elegante gato de salón. Siempre lo había sido, por sus características, pero no fue hasta que la madre lo comprobó en Internet, apenas una o dos semanas atrás, cuando cayó en la injusticia a que habían condenado al animal. Había que repararla de inmediato. Sería el gato de las visitas y su nuevo territorio se circunscribiría al salón. Todos aplaudieron la nueva y justa medida.

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¿MODELO EDUCATIVO DE SINGAPUR? VA A SER QUE NO

Tras ver el reportaje que La Sexta emitió en la noche del pasado jueves 10 de mayo sobre la educación en Singapur como principal apuesta del pequeño país asiático y modelo exportable a todo el mundo, quisiera compartir algunas reflexiones.

Empecemos por los datos que considero más positivos. Empecemos por las cuentas, que, por lo visto, tan bien se les dan a los muchachos del Singapur del presente y del futuro. Se nos dice que la inversión que el país destina a educación es del 20 %, frente al menos del 10 % que le dedica España. Si las matemáticas no me fallan, eso significa que invierten más del doble que nosotros. Sigamos. Un profesor de primaria (¡de primaria!) cobra un sueldo equivalente a lo que cobraría un ingeniero aeronáutico o un abogado. Además, al profesor se le respeta dentro y fuera de las aulas. Se aprecia su labor como garante del futuro de las nuevas generaciones. Cuando el profesor entra en el aula, los alumnos se levantan y lo saludan a coro. Sin llegar a tanta ceremonia, explicable por la cultura y tradiciones de países como el que nos ocupa, mostrar algo más de respeto hacia los profesores españoles no nos vendría nada mal. Un respeto general, que proceda del conjunto de la ciudadanía y no sólo del alumnado. Digo yo que, entre el excesivo ritual asiático, y la actual situación de vulnerabilidad del profesorado español, expuesto a agresiones físicas y verbales casi a diario en numerosos institutos de nuestra piel de toro, incluidos los intentos, por suerte fallidos, del gobierno para culpabilizarlos en exclusiva por los pésimos, y ya familiares, resultados cosechados por nuestros alumnos en los continuos informes PISA, cuyos criterios, por otra parte, ya han empezado a cuestionarse por especialistas, aunque no lo dijera el reportaje de La Sexta, digo yo que, entre ambos extremos, algún punto intermedio habrá. Por último, no puedo pasar por alto mi fascinación ante el despliegue apabullante de su formación profesional: aviones, helicópteros, drones y unas instalaciones de lujo diseñadas para que el alumnado flote. Este despliegue no eclipsó el importante detalle, repetido varias veces, de que no hay prejuicios a la hora de elegir entre universidad o formación profesional, ya que lo que se persigue es la máxima cualificación en ambos escenarios. Igualito que en nuestro país, oiga.

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CUSTODIA COMPARTIDA (Xabier Legrand, 2017, estreno abril 2018)

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Custodia compartida, ópera prima del guionista y director francés Xabier Legrand, que apenas ha aterrizado en nuestras pantallas, además de ser un film asfixiante y terrorífico, es puro lenguaje cinematográfico. Esto último, que parece una obviedad, no lo es tanto si uno busca y compara en el baúl de los estrenos. Si la palabra lo es todo en la buena literatura, ¿qué otra cosa es el cine sino imagen y sonido a disposición de una historia? Por supuesto que algo tendrán también que decir los diálogos, pero es en el sabio empleo de la imagen y el sonido donde destaca el oficio del cineasta. Ver Custodia compartida me recordó de qué va esto del cine, y me da esperanzas saber que todavía se ruedan películas con pretensiones artísticas, y no meramente comerciales.

Xabier Legrand echa a andar su propuesta con una escena propia de la tradición de películas de jueces y abogados. Miriam (Léa Drucker) y Antoine Besson (Denis Ménochet) se han divorciado y los vemos sentados frente a la jueza que dirimirá si su hijo de once años, Julien (Thomas Gioria), que ha expresado su voluntad de continuar viviendo con su madre, deberá ser “compartido” también con su padre, decisión que finalmente toma. Continúa así el calvario (cuyo inicio el espectador debe situar algún tiempo antes a partir del desarrollo de la trama), no sólo para el niño, sino también para la madre.

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¡QUÉ TIEMPOS AQUELLOS!

Hoy la mujer cumple 80 años. Otras mujeres y hombres, todos más jóvenes que ella, la han sentado al frente de una mesa larga, que han embadurnado desde primeras horas de la mañana con viandas exquisitas y exquisitas viandas. El almuerzo continúa, pero hacen un alto para agasajarla con paquetes de colores intensos. La mujer abre un paquete, y otro, y otro. Dedica un segundo a cada contenido, sonríe y a por el siguiente. Es el turno de la tarta y las velas. La mujer las sopla. Todos aplauden. Todos le cantan el himno del “cumpleaños feliz”. Un niño se acerca a la mujer. Porta una fotografía en plata. Al situarse junto a la octogenaria, el emisario procede a la entrega. El dispositivo había capturado a una mujer de unos treinta y algo de años, de melena larga, voluptuosa, ventosa, apoyada en unas rocas humedecidas por la espuma de las olas. La expresión del rostro y los ojos que miran a la cámara la acercan a la mujer de hoy. El emisario se retira y todos esperan unas palabras de la anciana. Pasan minutos y la reciente octogenaria no abre la boca. Sí mira a la mujer joven de cabellera larga, voluptuosa, ventosa. “¡Qué tiempos aquellos!”, suelta por fin. Enmudece. Las otras mujeres y hombres más jóvenes aguardan. Pasan minutos. La mujer no suelta nada más. Pasan minutos. Todos aguardan. No ocurre nada. Deberán contentarse con esas tres palabras míticas de frase hecha.

Trayectos

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El hombre y su familia han amasado una ingente fortuna. Su exitosa marca de productos cárnicos se ha caracterizado siempre por el cuidado escrupuloso, el mimo extremo con que han criado a sus cerdos desde que nacen, a fin de obtener la excelencia en el producto. La empresa de este hombre también ha sido reconocida por la exhaustiva y minuciosa explotación a la que ha ido sometiendo a sus trabajadores. Quiso el destino, o la fortuna, que llegara el día en que, de tantos mimos recibidos, de tanta delicadeza escrupulosamente derramada, los cerdos se convirtiesen en hombres. Justo el mismo día en que los hombres, tras décadas de rodillo minucioso sobre sus espaldas, se convirtieron en cerdos. Nadie se dio cuenta de la transformación, porque los nuevos hombres eran réplicas exactas de los anteriores. La estrategia de la exitosa marca no varió, así que no debe sorprendernos que los hombres volvieran a convertirse en cerdos, y los cerdos en hombres. El prodigio se heredó de padres a hijos, y de hijos a nietos. Así ha sido y será por los siglos de los siglos.

 

Al fin la mujer se quedó quieta. El hombre arrimó una silla. El adolescente se sentó en el suelo. Ambos jadeaban y se pasaban las manos por la frente. El hombre encendió un cigarrillo, dio una catadas, se lo ofreció al chico. Aún quedaba trabajo por hacer. Al alba, ya habían terminado. El hombre obligó al joven a prometer que jamás le contaría nada a nadie. Ni una palabra. Si no… Bañado en sudor, el chico asintió. Ya el sol calentaba la mañana, cuando los dos hombres volvieron a la furgoneta. Arrancaron y la furgoneta huyó por la carretera desierta.

 

El plan era el siguiente: lo primero que haría la mujer sería corregir su dentadura. La naturaleza no la había bendecido con unos dientes alineados, por lo que se haría colocar los preceptivos aparatos, así tuviera que estar a dieta de sopas y ensaladas unos meses. No le vendría mal bajar algunos kilos. Mientras los dientes se iban alineando, el paso siguiente consistiría en liberarse para siempre de las malditas gafas que tanto la habían acomplejado en sus años de instituto. Para ello se haría insertar las preceptivas lentes. Más adelante, le tocaría el turno a los pechos. Se acabó el lamentarse frente al espejo, observándolos en su caída interminable. Se haría implantar los preceptivos implantes de silicona. Una vez implantada, los dientes alienados y la nariz libre del peso de las gafas, ya estaría algo más cerca de la felicidad. No ignoraba el paso del tiempo. Los avances en la cirugía estética sabrían paliarlos. Después, no descartaba una operación de cadera o un marcapasos, si los achaques de la edad tardía así lo recomendasen. Por último, la mujer tenía claro que no iba a permitir, una vez fallecida, que su obra de arte se corrompiera y dejara al descubierto la prótesis de cadera y las bolsas de silicona encajadas entre las costillas. Ni hablar. Se haría incinerar, procedimiento mucho más moderno e higiénico que el burdo enterramiento. Haría volar sus cenizas en alguna playa, o quizá dejaría escrito que reposaran en un sitio tranquilo. Era la única parte que aún no había decidido. Por lo demás, un plan perfecto.

Breve historia de la perseverancia

Cuando el cristianismo ya se había convertido en la religión oficial del Imperio, destacó una mujer en las ciencias y la filosofía. Repartió sus enseñanzas entre cristianos y paganos; mejoró los astrolabios de su época; inventó un densímetro; ofreció consejo en la gobernanza. Tantas bondades en una mujer acabaron con la paciencia de algunos hombres con derechos. Un grupo de cristianos la golpeó hasta matarla. Descuartizaron su cadáver e incineraron cada parte, aunque no lograron acallar su escuela neoplatónica, que continuó brillando hasta bien entrado el siglo VII.

Una mujer era respetada por la comunidad por sus conocimientos sobre hierbas y la curación de múltiples dolencias. Llegó el día en que proclamó, en plaza pública, que hombres y mujeres tenían los mismos derechos. Los hombres con derechos la declararon bruja y la condenaron a la hoguera, pero no pudieron impedir que otras mujeres salvaran vidas con sus pócimas, emplastos y conocimientos.

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Érase una vez un machista que…

Demasiadas coincidencias. Demasiadas conexiones entre mi vida, limitada por la carne, el hueso y las neuronas, y esas múltiples, ilimitadas oportunidades que ofrecen la buena literatura y el buen cine para todo aquél que busque enriquecerse, expandirse, diversificarse hasta parecer alguien distinto, como si te contemplaran otros, miradas más o menos coincidentes sin rechazar las contradictorias. Libros y películas que te sacan, bien por la fuerza, mejor si es por seducción magnética, de tu territorio, y te obligan a calzarte con los zapatos del que, de otro modo, nunca tendrías la oportunidad de acercarte lo suficiente. Ya no me hago preguntas. Acepto el hecho. Es más que evidente que elijo lecturas y cine porque intuyo que me van a interpelar, de forma directa, por un hecho o anécdota que me ha “sucedido” poco tiempo atrás. También se me presenta el fenómeno opuesto: párrafos que leo y escenas de películas que veo porque sé, sin hacerme preguntas, sin cuestionar el dogma, como en una novela de Paul Auster, que se anticipan a lo que, algún tiempo después, casi siempre breve, está a punto de “sucederme” en “mi vida real”.

Leo un artículo de un periodista que acusa a todos los hombres, sin distinción, de ser “machistas pasivos” por, en algún momento de nuestras vidas de carne, hueso y más o menos neuronas, por breve y absolutamente aislado que ese momento haya sido, por mucho que nos consideremos modernos y abiertos, por muy claramente que estemos y nos hayamos posicionado en contra de mentalidades machistas, racistas y/u homófobas, haber consentido, con nuestro silencio cómplice y nuestra inacción, actitudes machistas, racistas y homófobas que hemos presenciado en nuestro entorno cercano. Humo que todos hemos fumado, como lo hacíamos antes de la prohibición, que tanta edad no tiene, lo quisiéramos o no.

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