Representado

¡Bienvenidos!

Bienvenidos a este espacio que ha nacido como lugar de encuentro para todos los lectores que buscan en la narrativa “novelera” una forma válida y legítima de entenderse con el mundo y que siguen pensando que la ficción no existe simplemente para entretener, sino también para compartir ideas y emociones con compañeros que miramos afuera y adentro con las mismas o parecidas lentes.

Si además de la literatura también te interesan otras artes, el estado de la cultura, la política, la filosofía, la historia o la más rabiosa actualidad, anímate a pasarte y pasearte por aquí de cuando en cuando.

PASEN, LEAN Y QUÉDENSE.

BUENA SUERTE

 

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Las malas lenguas, por malas, por viperinas, se equivocaban. No era cierto eso de que el hombre había tenido tanta buena suerte. En cuarenta años de desgaste en loterías, tragaperras y promociones, sólo le había tocado una vez El Gordo (y hacía ya más de veinte años), y el sorteo de los dos mil euros mensuales para toda la vida de Nescafé.

Trago largo al Jack Daniels. Por fin le hablaba al famoso yanqui de la botella de tú a tú. Si se hubiera decidido a aprender el maldito inglés, en vez de levantar altares al whisky, ahora se estaría codeando con el tejano de dos metros que se arruinaba a su derecha.

Mirada larga al reloj. Faltaba muy poco para que se abrieran las puertas del bufé llamando a la cena. Aún quedaba tiempo para la última partida de la tarde. Después de cenar, se dejará ver por las tragaperras por una horita más o así. Instalado en la barra del cóctel bar, se hará servir otro Jack Daniels. Animado (embriagado, en realidad, qué palabra, em-bria-ga-do, qué nivel), concluirá la velada ante un tercer o cuarto Jack, que había perdido la cuenta, cerca, muy cerca, la olía, de la tinta de los billetes de cien dólares que cincuentones de mostachos blancos, mejillas coloradas y gorros vaqueros exhibían un minuto antes de introducirlos en las ligas de aquellas muchachas tan simpáticas, las olía, que nunca pasaban frío por poca ropa que llevasen. Satisfecho, acabará por encontrar, él solito, la ruta que lo devolverá a su habitación. Cabezada de siete horas y como un clavo en el bufé para el desayuno del día siguiente.

Trago largo al Jack. ¡Quién se lo iba a decir! Codeándose con auténticos y rudos vaqueros del Oeste. Escasos centímetros de barra lo separaban de yanquis almidonados de trajes a rayas, hechos a medida, que no temían desplumarse (sí, ésa era la palabra siempre en boca del gran Wayne, desplumarse, qué nivel) en los casinos. El sueño de toda una vida de Nescafé hecho realidad. Hecho carne. (Hecho pedazos).

No estaban saliendo nada mal aquellas vacaciones en Las Vegas. Nada mal.

AÑOS DORADOS

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Tras una década de numantina resistencia, harta de la machacona idea de la nieta de acudir como público al programa de televisión que veía cada tarde, la septuagenaria accedió a marcar el número mágico. No sólo no tardaron en catapultarla al estrellato de los míticos estudios de Prado del Rey, donde compartió asombro, bocadillo de atún, Batido Mediterráneo sin azúcares añadidos y aplausos con un grupo nutrido de la tercera edad de Villalgordo del Júcar y otro nutrido grupo de la misma edad de la cercana localidad de Dolorosa de Hellín, no sólo sus vecinas del barrio se tragaron su envidia y su cara en todo un primer plano hasta tres veces, no sólo tuvo la dicha inmensa de conocer en persona al simpático y apuesto presentador del que obtuvo, además, autógrafo y dos besos en sendas mejillas, no sólo todo esto le fue dado, sino que regresó con un plan bajo el brazo. Un plan que cambiaría, de manera drástica e irreversible, el resto de sus días dorados.

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PERÍMETRO DE SEGURIDAD

 

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Desde el último “altercado”, cuando “se desplegaron” numerosos “efectivos” y lo llenaron todo de esas bandas blancas con rayas rojas, es difícil ver a los chicos (al gordito de la cresta verde y cazadora negra, al de pelo de cepillo pegado al móvil, a la chica de melena rosada y tatuajes y portentosa voz gutural que le abre el paso, a la de la cabeza rapada y media cresta rubia platino, al Bryan Miguel, de Senegal, que viste siempre chándal blanco a rayas negras) más allá del perímetro invisible que separa los edificios del barrio, apretados, a medio encalar, de siete u ocho plantas, de la manzana prohibida donde se yerguen ayuntamiento, tribunales de justicia, catedral, biblioteca y museo de historia de la ciudad. El barrio los contiene. Se trata, de este modo, de evitar nuevos “sucesos desagradables” que alteran la convivencia pacífica de los vecinos y el normal desarrollo de las actividades económicas. Por su propia seguridad.

DOS COPAS

 

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No estaba convencida, pero sí esperaba encontrarse un detalle. Una caja, de esas rojas, rellena de bombones. Una novela de Almudena Grandes, aunque no fuera la más reciente. Algo.

La mujer no había faltado a su cita ni un solo lunes durante los últimos veinticinco años. En ese cuarto de siglo habría visto al hombre en menos de diez ocasiones. Sí la recibían las notas, abandonadas en la cómoda del hall, sobre la cama siempre hecha del cuarto de huéspedes, a menudo, en la mesa del escritorio, arrancadas de agendas y libretas, donde el hombre garabateaba las instrucciones: “no se olvide de la puerta del garaje”; “hoy empiece por el salón”; “no tuve tiempo de pasarme por el cajero. Le pagaré la semana que viene”… A menudo la sorprendía el recuerdo de cuánto le costó, al principio, descifrar los intrincados jeroglíficos del médico. Hasta que lo consiguió. Lo que no había logrado aún era averiguar de dónde le venía al médico esa urgencia, revelada por la pésima caligrafía. Se suponía que las personas se apaciguaban con los años.

Ni rastro de los bombones. Nada de novelas. El único gesto que le llamó la atención ese lunes, después de veinticinco años, fue el hallazgo de las copas en la cocina. Yacían boca abajo sobre un paño. Todavía húmedas. Dos copas. ¿Había tenido el médico un invitado ese fin de semana? ¿Una mujer? Observó las copas de cerca, con la esperanza de detectar restos de lápiz de labios, pero el médico las había fregado a conciencia. El suceso era insólito: jamás, en ningún momento durante todo un cuarto de siglo, había leído indicación alguna relativa a la recepción de invitados. Jamás había tenido constancia la mujer de que el hombre atendiera visitas. Nunca había tropezado su olfato, finísimo, con olores traicioneros. Dos copas. Todavía húmedas.

Ese lunes no fue un lunes cualquiera. Era evidente que no estaba limpiando con la precisión acostumbrada. Las copas se le habían tatuado en la frente. Para cuando se disponía a marcharse, resolvió que se trataba de un gesto. El médico había lavado las copas y las había dejado a la vista con toda intención para hacerle creer que no estaba solo. Un regalo de aniversario. Para ella.

Operación “Reciclaje-Maquillaje” de La Monarquía

 

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Lo que más me irrita del ya viejo y prolongado escándalo que sacude a nuestra Real Casa es que piensen que somos imbéciles. Que nos traten como niños a los que se debe mantener apartados del fuego, de los enchufes, de los chuches ofrecidos por extraños y, en general, de cualquier peligro que amenace nuestras infantiles testas.

El episodio más reciente de la pestilencia borbónica que se ha apropiado del Estado, entre otras instituciones, y que hemos consentido, por omisión, sobre todo, a lo largo y ancho de otros cuarenta años de paz, apunta en la dirección de mantenernos, pobres súbditos incapacitados para el mínimo análisis, a salvo de aquellos aspectos de la vida que, por su crudeza, debemos dejar en manos de los adultos. Me refiero a la comparecencia, a petición propia, del aún director del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), el general Sanz Roldán, ante la Comisión de Secretos Oficiales, para ofrecer todo tipo de explicaciones acerca del contenido de las grabaciones que el comisario Villarejo (que, a este paso, va camino de convertirse en el comisario de policía más popular de España, con permiso de Pepe Carvalho) “arrancó” a la “entrañable amiga” del Emérito, la princesa Corinna, donde la rubia platino reveló una cascada de irregularidades que afectarían de lleno al padre del Rey Preparado.

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CAZA MENOR

 

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El hombre disparó una vez. Luego, una segunda. Una tercera. No se han hallado registros, por lo que el número de disparos podría haber alcanzado una cifra mucho más elevada. La cámara del móvil apuntaba al objetivo. No era el cuadro de luces y sombras que arrojaban las farolas sobre los muros del casco viejo, repleto de turistas. No eran las diminutas vírgenes de piedra que observaban desde las esquinas. Un niño de 6 años. Una niña de diez. Otra de apenas tres. El hombre hubiera permanecido algo más en los callejones empinados, repletos de turistas, de no ser reclamado por su mujer y sus tres hijos menores. El viaje imponía su ritmo. No faltarían lagunas de tiempo que el hombre sabría aprovechar. En eso, era un experto. La cacería estaba resultando de lo más fructífera.

San Pablo y la mujer calva

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Cuando las puertas de la iglesia se cerraron tras la inauguración del último proyecto, y el edificio quedó a oscuras, libre de fotógrafos, sin grabadoras ni copas de champán del país vecino, apagado el eco de las risas y los comentarios, llegó el turno de los residentes seculares. La permisividad de los gestores de la iglesia, marca de la casa, había llegado demasiado lejos. ¿Qué clase de aberración era ésa? ¿Cómo se podía llamar ARTE a una colección de fotografías de mujeres, todas calvas, todas “envalentonadas”, como tradujeron del inglés los más versados? ¿No había otro lugar en todo Gante donde exhibir ese despropósito?

La peor parte se la llevó el bueno de San Pablo. Justo enfrente, día y noche, le observaba directamente una de esas mujeres que, además de calva, decoraba su cráneo con un extraño dibujo. Por si fuera poco, la mujer le sonreía. ¡Le sonreía de una manera lasciva! ¡Provocadora! ¡Vade retro, Satán!

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ESTORBO

 

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La denunciante, M. H. G., de 69 años de edad y vecina del Camino Largo, sito en el municipio de La Laguna, declara que en la mañana del pasado martes, 3 de julio del presente año de 2018, se despertó, tal y como acostumbra, a las siete y cuarenta y cinco horas. Declara que se tomó la píldora verde para la memoria que deja cada noche en la mesilla, como de costumbre. Afirma que el hueco que había dejado el cuerpo de su marido en las sábanas de la cama apenas difería del de los días precedentes. Refiere que el desaparecido se dormía rápido, que no roncaba ni cambiaba de posición. Siempre se levantaba antes que M. H. G. La denunciante afirma que se encaminaba hacia el cuarto de baño, cuando un enorme ropero le bloqueaba el paso. Insiste en que no le constaba haber visto antes el mencionado ropero en su vivienda. Se trataba de un mueble bastante desvencijado, pero lo suficientemente sólido como para que M. H. G. no pudiera desplazarlo. Refiere que llamó a su marido desde el móvil, pero constata que la melodía que sonó desde alguna habitación de la vivienda se correspondía con la del móvil del desaparecido. Declara que pensó que habría ido a comprar las barras de pan, como solía hacer todas las mañanas, incluso antes de la jubilación, y se había dejado olvidado el aparato. Sostiene que le había ocurrido alguna vez. Sostiene que el desaparecido gozaba de relativa buena salud, física y mental, si bien, en los últimos años, se desgastaba frente al televisor, o asomado al balcón para ver pasar a la gente y no estorbar así a la denunciante en sus quehaceres domésticos.

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NO ES SÁNCHEZ. SON LOS MERCADOS.

Hace unos días, un buen amigo me envió un vídeo sobre la conferencia que Ignacio Martínez Mendizábal, paleontólogo y miembro del equipo de las excavaciones del “Proyecto Atapuerca”, impartió a alumnos de un instituto de secundaria. En dicho acto, el científico abordó muchas cuestiones interesantes hasta desembocar en una conclusión rotunda y emotiva.  De los tres yacimientos que conforman el proyecto, el más importante, al que sólo tienen acceso los investigadores, es “La sima de los huesos”. Con dataciones de medio millón de años, alberga la mayor colección de huesos humanos de la prehistoria del mundo. Más que todos los otros yacimientos juntos. Una de las joyas de la corona de este santuario es el cráneo de una niña que tenía unos 12 años en el momento de su muerte. Lo que hace especial este hallazgo es que el cráneo presenta unas malformaciones que evidencian discapacidades intelectuales y motrices severas. Aún así, la niña había sobrevivido hasta los 12 años. La explicación ofrecida por el profesor Martínez Mendizábal es que su tribu cuidó de ella, aunque ella no pudiera ser de utilidad alguna a su tribu. Dicho de otro modo, nuestra especie es la única que se ocupa de sus individuos más vulnerables.

Otro rasgo que el conferenciante destacó como exclusivo de la especie humana es nuestra capacidad para ocuparnos también de nuestros muertos (el accidente del Yak-42 y los miles de españoles que siguen enterrados en las cunetas desde el inicio de la Guerra Civil y cuyos cadáveres no dejan de reclamar sus “pesados” familiares son las excepciones que confirman la regla). “La sima de los huesos” no es otra cosa que un monumento funerario deliberado, “el primer acto funerario de la historia de la humanidad”, en palabras del paleontólogo, como además atestigua la presencia de un bifaz de color rojo que no se encuentra en la zona, por lo que fue llevado hasta allí desde lejos y arrojado como ofrenda a los muertos. Por si tantas revelaciones no fueran suficientes, Martínez Mendizábal citó al mismísimo Darwin para venir a decir que esta preocupación exclusivamente humana de ayudarse unos a otros y de sacrificarse por el bien común ya la había definido el famoso científico inglés en su libro El origen del hombre, que escribiría al final de su vida, como ejemplo de “selección natural”, en tanto que dicha preocupación nos hizo prevalecer sobre las demás especies. Para mí, que no he leído a Darwin, la revelación me sorprendió. Hasta entonces, todo lo que sabía sobre su concepto de “selección natural” tenía que ver con la supervivencia de los más fuertes. Es el sentido que se popularizó hasta impregnar todas las capas de las sociedades occidentales, desde su aplicación a la industria para justificar las condiciones laborales de los trabajadores, hasta su implantación en la literatura, dando pie a la “novela naturalista”, que comenzara Zola en Francia y a la que se apuntarían desde Pardo Bazán hasta Jack London. Por no haber leído a Darwin, me he perdido el otro sentido, mucho más solidario y ciudadano que el primero.

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