Representado

¡Bienvenidos!

Bienvenidos a este espacio que ha nacido como lugar de encuentro para todos los lectores que buscan en la narrativa “novelera” una forma válida y legítima de entenderse con el mundo y que siguen pensando que la ficción no existe simplemente para entretener, sino también para compartir ideas y emociones con compañeros que miramos afuera y adentro con las mismas o parecidas lentes.

Si además de la literatura también te interesan otras artes, el estado de la cultura, la política, la filosofía, la historia o la más rabiosa actualidad, anímate a pasarte y pasearte por aquí de cuando en cuando.

PASEN, LEAN Y QUÉDENSE.

Trayectos

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El hombre y su familia han amasado una ingente fortuna. Su exitosa marca de productos cárnicos se ha caracterizado siempre por el cuidado escrupuloso, el mimo extremo con que han criado a sus cerdos desde que nacen, a fin de obtener la excelencia en el producto. La empresa de este hombre también ha sido reconocida por la exhaustiva y minuciosa explotación a la que ha ido sometiendo a sus trabajadores. Quiso el destino, o la fortuna, que llegara el día en que, de tantos mimos recibidos, de tanta delicadeza escrupulosamente derramada, los cerdos se convirtiesen en hombres. Justo el mismo día en que los hombres, tras décadas de rodillo minucioso sobre sus espaldas, se convirtieron en cerdos. Nadie se dio cuenta de la transformación, porque los nuevos hombres eran réplicas exactas de los anteriores. La estrategia de la exitosa marca no varió, así que no debe sorprendernos que los hombres volvieran a convertirse en cerdos, y los cerdos en hombres. El prodigio se heredó de padres a hijos, y de hijos a nietos. Así ha sido y será por los siglos de los siglos.

 

Al fin la mujer se quedó quieta. El hombre arrimó una silla. El adolescente se sentó en el suelo. Ambos jadeaban y se pasaban las manos por la frente. El hombre encendió un cigarrillo, dio una catadas, se lo ofreció al chico. Aún quedaba trabajo por hacer. Al alba, ya habían terminado. El hombre obligó al joven a prometer que jamás le contaría nada a nadie. Ni una palabra. Si no… Bañado en sudor, el chico asintió. Ya el sol calentaba la mañana, cuando los dos hombres volvieron a la furgoneta. Arrancaron y la furgoneta huyó por la carretera desierta.

 

El plan era el siguiente: lo primero que haría la mujer sería corregir su dentadura. La naturaleza no la había bendecido con unos dientes alineados, por lo que se haría colocar los preceptivos aparatos, así tuviera que estar a dieta de sopas y ensaladas unos meses. No le vendría mal bajar algunos kilos. Mientras los dientes se iban alineando, el paso siguiente consistiría en liberarse para siempre de las malditas gafas que tanto la habían acomplejado en sus años de instituto. Para ello se haría insertar las preceptivas lentes. Más adelante, le tocaría el turno a los pechos. Se acabó el lamentarse frente al espejo, observándolos en su caída interminable. Se haría implantar los preceptivos implantes de silicona. Una vez implantada, los dientes alienados y la nariz libre del peso de las gafas, ya estaría algo más cerca de la felicidad. No ignoraba el paso del tiempo. Los avances en la cirugía estética sabrían paliarlos. Después, no descartaba una operación de cadera o un marcapasos, si los achaques de la edad tardía así lo recomendasen. Por último, la mujer tenía claro que no iba a permitir, una vez fallecida, que su obra de arte se corrompiera y dejara al descubierto la prótesis de cadera y las bolsas de silicona encajadas entre las costillas. Ni hablar. Se haría incinerar, procedimiento mucho más moderno e higiénico que el burdo enterramiento. Haría volar sus cenizas en alguna playa, o quizá dejaría escrito que reposaran en un sitio tranquilo. Era la única parte que aún no había decidido. Por lo demás, un plan perfecto.

Breve historia de la perseverancia

Cuando el cristianismo ya se había convertido en la religión oficial del Imperio, destacó una mujer en las ciencias y la filosofía. Repartió sus enseñanzas entre cristianos y paganos; mejoró los astrolabios de su época; inventó un densímetro; ofreció consejo en la gobernanza. Tantas bondades en una mujer acabaron con la paciencia de algunos hombres con derechos. Un grupo de cristianos la golpeó hasta matarla. Descuartizaron su cadáver e incineraron cada parte, aunque no lograron acallar su escuela neoplatónica, que continuó brillando hasta bien entrado el siglo VII.

Una mujer era respetada por la comunidad por sus conocimientos sobre hierbas y la curación de múltiples dolencias. Llegó el día en que proclamó, en plaza pública, que hombres y mujeres tenían los mismos derechos. Los hombres con derechos la declararon bruja y la condenaron a la hoguera, pero no pudieron impedir que otras mujeres salvaran vidas con sus pócimas, emplastos y conocimientos.

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Érase una vez un machista que…

Demasiadas coincidencias. Demasiadas conexiones entre mi vida, limitada por la carne, el hueso y las neuronas, y esas múltiples, ilimitadas oportunidades que ofrecen la buena literatura y el buen cine para todo aquél que busque enriquecerse, expandirse, diversificarse hasta parecer alguien distinto, como si te contemplaran otros, miradas más o menos coincidentes sin rechazar las contradictorias. Libros y películas que te sacan, bien por la fuerza, mejor si es por seducción magnética, de tu territorio, y te obligan a calzarte con los zapatos del que, de otro modo, nunca tendrías la oportunidad de acercarte lo suficiente. Ya no me hago preguntas. Acepto el hecho. Es más que evidente que elijo lecturas y cine porque intuyo que me van a interpelar, de forma directa, por un hecho o anécdota que me ha “sucedido” poco tiempo atrás. También se me presenta el fenómeno opuesto: párrafos que leo y escenas de películas que veo porque sé, sin hacerme preguntas, sin cuestionar el dogma, como en una novela de Paul Auster, que se anticipan a lo que, algún tiempo después, casi siempre breve, está a punto de “sucederme” en “mi vida real”.

Leo un artículo de un periodista que acusa a todos los hombres, sin distinción, de ser “machistas pasivos” por, en algún momento de nuestras vidas de carne, hueso y más o menos neuronas, por breve y absolutamente aislado que ese momento haya sido, por mucho que nos consideremos modernos y abiertos, por muy claramente que estemos y nos hayamos posicionado en contra de mentalidades machistas, racistas y/u homófobas, haber consentido, con nuestro silencio cómplice y nuestra inacción, actitudes machistas, racistas y homófobas que hemos presenciado en nuestro entorno cercano. Humo que todos hemos fumado, como lo hacíamos antes de la prohibición, que tanta edad no tiene, lo quisiéramos o no.

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Himnos y banderas, a la derecha, por favor

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“Arma de distracción masiva”. Veo la genial frase cada día al llevar a mi hijo al colegio. Es un grafiti sobre una pared. La frase se encuentra enmarcada por un rectángulo coronado por una antena, en clara alusión al televisor. Genial, sí, pero algo desfasada. Hoy en día, la distracción masiva no nos cae sólo desde las ondas catódicas, sino que nos bombardean desde todos los medios. La última explosión la ha perpetrado una celebrity patria al ponerle letra al himno nacional. Tranquilidad: no voy a escribir de eso. Ya se ha derramado mucha, demasiada tinta, sobre tan insigne asunto. Sí quisiera enmarcar, como el rectángulo del grafiti a la frase, esta última tontería en un contexto mucho menos simple y bastante más amenazador y siniestro.

Se quejaba, con más razón que un santo, y mira que me duele tener que darle la razón a los santos, el periodista y director del diario Infolibre, en un reciente artículo, sobre el creciente espacio que dedican la radio y televisión públicas a asuntos como los sucesos, con la que está cayendo. Después, diversos comentaristas se sumaban a la indignación del periodista al incluir, entre los temas preferidos de nuestra muy mucha española RTVE, la predicción del tiempo y, cómo no, los deportes, en especial, el fútbol. Si sumamos toda esa cantidad de tiempo, obtendremos minutazos enteros y eternos sobre asuntos de vital importancia para la ciudadanía. El arma de distracción masiva está más que tendida y cada día son muchas las moscas que atrapa. Por fortuna, también son muchas las que logran escapar y ahí siguen, volando libres, dispuestas a tocarles los… al poder político y económico. En un espacio cada vez más alérgico al oxígeno, todavía respiran el pensamiento crítico, la ironía y hasta el derecho al pataleo.

Aplaude el arco azul y naranja de nuestro Parlamento la gracia de la diva rubia. ¿Cómo no iba a hacerlo? Hay que apoyar cuanta cortina de humo se arroje sobre el drama social que se vive en nuestro desmadejado país. Cuentan con la inestimable ayuda de un aparato mediático agradecido que amplifica sus intereses a la par que minimiza las turbulencias. Que se hable del himno. Que ondeen las banderas muy mucho españolas en los balcones. Mientras esas banderas ondean,y suena atronador el himno, no oímos las protestas de miles de pensionistas que, hartos de ser ninguneados por todas las administraciones, han decidido organizarse y plantarse en la calle para exigir, nada más y nada menos, que unas pensiones dignas. ¡Qué disparate! ¡Qué falta de sentido común! Pero si ya ha dicho M. Rajoy, baluarte del sentido común, que sus pensiones no son de las más bajas que otorga el Estado. ¿Qué más quieren?

Que se escuche el himno en todo el orbe. A ver si se enteran en el Parlamento Europeo, en el New York Times y en los cuarteles de Amnistía Internacional, de que eso de que las amenazas a la libertad de expresión en España han alcanzado cotas impensables y peligrosas para un país que se define democrático. ¿Acaso no escuchan al ministro Zoido cuando anuncia que la libertad de expresión está más que garantizada? Tan garantizada está que se matan tres pájaros de un tiro: se encarcela a otro rapero, se secuestra un libro y se ordena retirar dos fotografías de una exposición. Todo en un tiempo récord. Para anonadar al personal. Lástima que la exposición no fuera otra que Arco, apenas conocida más allá de nuestras fronteras. Ifema se ha apresurado a lamentar su decisión. Muy bien. Se han disculpado, pero, ¿ya está? Nos llega el arrepentimiento, pero no vemos la penitencia. ¿No hay forma de dar marcha atrás y devolver esos cuadros? ¿Se trata de una decisión esculpida en piedra, como “nuestra” Constitución? En realidad, lo han hecho por nuestro bien: para que no tengamos que andar pensando si los retratados son o no presos políticos (para decidirlo ya están nuestros jueces); para que no se remuevan las aguas de “unos tiempos que ya pasaron”, con personajes que “ya no están en el partido” y, además, “ya han sido juzgados”, aunque la intención del escritor de la obra confiscada por orden de una justicia independiente no fuera otra que la de retratar una época desde la documentación y el rigor (esto último sancionado por el propio M. Rajoy), aunque, de paso, y por qué no, vitamine nuestra memoria histórica, que no levanta cabeza de lo pachucha que está siempre y, de paso también, apele a nuestro pensamiento crítico y cívico, a esas moscas cojoneras que siguen pululando, al vincular esos oscuros tiempos pasados con cierta, presunta oscuridad presente; para que los jóvenes que escuchan cierto estilo de música, no digan palabrotas, que son tan feas. Todo por el bien común.

Suena el himno de la Sánchez y ondean las banderas bicolores en los balcones, mientras el ministro de Educación señala, ¡alguien tenía que hacerlo!, al verdadero responsable de los continuos desaguisados que han ido debilitando nuestra enseñanza pública: el profesorado. De la chistera se ha sacado el buen hombre el truco de un MIR para profesores y así, de un golpe de efecto, como el triple asalto simultáneo a la música, el arte y la literatura que comentaba más arriba, acabar con las lacras de un colectivo indolente y privilegiado. Más formación. Ésa es la clave. No los fondos. No los recortes presupuestarios destinados al mantenimiento de la enseñanza pública. ¿Algún problema con los fondos? Así pues, profesores de España, continúen formándose, ad infinitum, aunque se desprecie su labor, aunque las remuneraciones que perciban sigan congeladas, atrapadas en otros tiempos que ya pasaron, con unos personajes que ya han sido juzgados… ah, no, perdón, que se me va la pinza y me salgo del tema. Es que es difícil no perder el hilo, complicado mantener la atención, con ese himno que no deja de sonar, y esas banderas que no paran de ondear, y que si el invierno ha sido el más crudo desde 1969, y que si el Madrid o el Barça… Estoy de acuerdo con la sugerencia que ya han adelantado algunos periodistas de aplicar un MIR para políticos. Desde los más altos cargos ministeriales hasta los más humildes concejales de pueblo. Si nos ponemos a sacar cuentas, igual va a resultar que el déficit en formación cae de ese lado, y no del de los docentes. Igual. Tómeselo, señor Ministro, como un experimento. A ver qué sale…

Suena el chunda chunda; los “mondongos” del Bigotes se desparraman por la sala donde presta declaración; cantan los tenores desde Valencia y el tsunami se acerca a Madrid; a Espe, pobrecita, no le llega para querellarse contra tanta infamia; la caja B es ya un cajón insondable; asciende la naranja mecánica en las encuestas con la promesa de un futuro mejor, lejos de la influencia del perverso Ibex 35… Y en éstas estamos cuando se nos cae Forges. Se bajó en la próxima. Habrá pensado que ya ha hecho todo lo que ha podido. Cincuenta años retratando la miseria española, la de dentro y la de fuera. Y no cambiamos.

Se nos va muriendo el humor, de tanto usarlo. La crítica saludable está en la UVI. El Estado del Malestar es un nubarrón perpetuo sobre nuestras cabezas. Por suerte, no está todo perdido. Tenemos al ministro Zoido. Y las viñetas de Forges. Y a las moscas cojoneras.

Grandes de España

Al final de mi artículo “Varas de medir”, resumía estos tiempos españoles nuestros como “tiempo de pestes”, dado el uso partidista y grotesco que nuestros partidos políticos se están acostumbrando a hacer de la justicia. La casualidad, otra vez, me colocó ante el televisor para que siguiera la serie La Peste. Y la seguí a lo largo de varias noches. Más allá de su factura estilística, basada en los juegos de luces y sombras, con la mayoría de las escenas rodadas de noche a la luz de antorchas y candiles, con persecuciones subterráneas por los laberintos de una Sevilla rica en superficie que se pudría de peste a finales del siglo XVI, a pesar de lo cautivador de su atmósfera, me quedo con las palabras que los guionistas pusieron en boca del médico. Mientras curaba las heridas infligidas al protagonista que casi acaban con su vida, el médico celebraba el fin de la peste por la llegada del frío, que mataba a las ratas, portadoras del temible mal, pero, a la vez, recordaba, auténtico aguafiestas, el carácter cíclico de la enfermedad. Nada se podía hacer contra la peste. Llegaría y se marcharía y volvería a por más. Metáfora para el espectador avezado que en pleno siglo XXI no puede más que darle la razón. A aquella peste la vencimos, pero seguimos sin erradicar otras ponzoñas.

Casi al mismo tiempo que seguía La Peste, me entero del proyecto del Teatro del Barrio, dirigido por el autor, director y actor Alberto San Juan, de llevar al cine su montaje teatral El Rey tras la generosa acogida por parte del público y la crítica. El proyecto casi se topa de bruces con el cumpleaños del monarca emérito, que goza de unos espléndidos 80 años. Todos los medios de la corte celebraron la efemérides, mientras que otros, los que no reciben subvenciones ni del Estado ni de conglomerados empresariales, sino que salen adelante gracias a la publicidad pero, sobre todo, a las cuotas de sus socios, nos recordaban que no todo han sido luces en la biografía del campechano monarca. Una vez más, y ya es sospechoso cómo a veces los hechos se vinculan unos a otros, o con qué sorprendente cercanía cronológica se suceden, días antes del cumpleaños feliz del otrora monarca impuesto por el Generalísimo, nos apena la noticia del triste fallecimiento, a sus 91 años, de la hija de aquel dictador, Doña Carmen Franco y Polo, duquesa de Franco, marquesa viuda de Villaverde y grande de España.

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Fábula del simio y la serpiente

Debe haber alguna relación, un enlace secreto, con sus códigos a lo Dan Brown, entre los grandes simios y las serpientes, cuando los zoos modernos nos presentan a ambas especies detrás de gruesos cristales.

La historia viene de lejos. El primer hombre y la primera mujer sucumbieron a la tentación del fruto prohibido por seguir los malvados consejos de la serpiente. Con el paso del tiempo, cambiaron las tornas: las serpientes dejaron de dar consejos (incluso enmudecieron y fueron ignoradas, como los demás animales), mientras que nosotros, los descendientes de aquella pareja primera, desarrollamos el binomio inteligencia-habla, y con él, delicadezas como la capacidad de ordenar el mundo y hacerlo pedazos.

El tiempo siguió corriendo e inventamos los zoológicos. Nos hicimos rabiosamente modernos y sustituimos las jaulas de hierro por enormes imitaciones de hábitats naturales y despejados trozos de cristal grueso que nos permiten contemplar a ambos, serpientes y nuestros primos menos aventajados por la evolución, con seguridad. Ya sólo nos falta colocarlos frente a frente, no vaya a ser que nos olvidemos de cómo empezó la historia.

Varas de medir

Ya hace años que venía sospechando que el Franquismo ni se había retirado, ni se había asumido, ni se había depurado jurídica y socialmente, como sí ocurrió en Italia y Alemania, o, más recientemente, con las dictaduras de nuestros tocayos del otro lado del Atlántico. Había señales. Muy sutiles, pero si uno ponía atención, se lograba identificarlas: manifestaciones puntuales de sus seguidores cada 20 de noviembre católico, apostólico y romano; fundaciones sin ánimo de lucro que todavía llevan su nombre; alguna que otra calle de alguna que otra ciudad que sigue recordando el buen hacer de generales del Levantamiento… Franquismo de baja intensidad, por calificarlo de algún modo. A ese Franquismo nos acostumbramos. Como teníamos las libertades que nos garantizó la Constitución del 78, (sin duda, y sin ironía, totalmente necesarias después de casi 40 años de taparse la boca), pues todos tan contentos.

Durante esos mismos últimos 40 años, se nos ha seguido vendiendo a nuestra señora Constitución como”el marco que nos hemos dado entre todos para…”.  El mantra funcionó muy bien. No había que abrir heridas, sino coserlas. ¡Y bien que las cosieron! Atadas y bien atadas, como el hecho no negociable de que el nuevo Estado iba a ser monárquico o no lo sería, tal y como sugirió El Generalísimo. No había que echar la mirada atrás, sino pasar página. ¡Y vaya que sí la pasaron! Había que incluir todas las sensibilidades, incluso las que se habían beneficiado de los pequeños desequilibrios socio-económicos inherentes al Régimen. De esta manera se recauchutaron o reconvirtieron a la nueva fé democrática,  como se han ido  reconvirtiendo las industrias patrias que van dejando de ser rentables, (y no es casual el símil, que a la economía ni mentarla), familias de abolengo que se han ido perpetuando y, qué casualidad, salvo honrosas excepciones que confirman la norma, copando los altos cargos en la economía (¡la he mentado!), las finanzas (con el Ibex 35 por bandera), la justicia y los medios de comunicación. Aparte de las de abolengo, habían otras familias. Esas prometieron el cambio y hay que reconocerles grandes saltos en la escalera de los derechos sociales, sobre todo en la etapa de Zapatero, por mucho que les pese a algunos. Lástima que luego se metieran, “malmetieran”, las eléctricas, y con ellas llegó el escándalo de las puertas giratorias. Hoy estás en el gobierno y mañana de directivo pasota en una eléctrica. Nos acostumbramos. Hasta ahora.

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Cuando la censura viene de lo gazmoño y lo insulso es todavía peor.

Las noticias llegan como llegan, o como pueden. Uno abre un periódico local una mañana, (insólitos ambos acontecimientos en mi día a día, pues ni dispongo de muchas mañanas libres, ni tiendo a leer noticias locales) y me entero, tarde, ya como de resaca, de la reacción a otra noticia anterior. Así que tengo que proceder hacia atrás, en flashback. Lo primero que me informa ese diario local es del manifiesto firmado por unas 200 personalidades de la cultura en Canarias contra el cierre, “por primera vez en la historia de la democracia española”, de la exposición organizada y sufragada por el Gobierno de Canarias y proyectada en el TEA, y con intención itinerante, “Pintura y poesía: la tradición canaria del siglo XX”. El motivo de dicho cierre, sigo leyendo, es el aluvión de críticas y acusaciones provenientes de la plataforma change.org a instancias del colectivo feminista Artemisia y de los profesores universitarios Yolanda Peralta, Luisa del Rosario y Juan Manuel García Ramos. Las críticas alegan que dicha exposición es abiertamente “misógina” por presentar sólo el trabajo de 3 mujeres frente al de 40 hombres.

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Vínculos

Días atrás, en conversación wasapeada con una amiga, me confesó que, tras ocho años de convivencia con su pareja, y tras sentirse golpeada por dramas cercanos, se estaba planteando la posibilidad de poner fin a la relación. El trabajo continuo y forzado de su pareja, con la consecuente falta de tiempo libre para ser, al menos, un poco libres, serían los instigadores de la rebelión interna. Mi amiga, en el fondo, me estaba hablando de vínculos, y de que es saludable, higiénico, conveniente, el revisarlos de cuando en cuando. Ponerlos a prueba. Pasarlos por la ITV para detectar quiebras y ofrecer soluciones antes del paso de la solución final.

Vengo leyendo en diversos medios de comunicación opiniones sobre la cuestión catalana. Algunos análisis han tirado del enfoque feminista, desde mi opinión, con bastante acierto, para situar el problema desde otra óptica y así, tal vez, con esas gafas nuevas, verlo con mayor claridad. No sólo los medios, sino hasta algún político, durante el debate en el Congreso sobre el conflicto catalán, parte del cual seguí por la radio, ha apelado a la dialéctica sórdida de la violencia de género, de esos terroristas domésticos del “tienes que estar conmigo porque eres mía”, para desnudar una de las verdades incómodas que se esconden detrás de esta cortina de humo, “el desafío soberanista”, que al Gobierno central le ha interesado levantar para cubrir asuntos que le afectan más directamente, como la corrupción de su partido, que no cesa de ser investigada (y más ahora que Bárcenas puede destapar, ahora sí, en serio, la caja de Pandora). La óptica feminista aplicada al conflicto que han armado, con toda intención, los políticos de ambos bandos, a los que elegimos, cabe recordar, para lo contrario, esto es, para aportar soluciones y abrir caminos de cara al futuro, también viene a hablarnos, como mi amiga, de los mismos vínculos: los de pareja. Todos conocemos matrimonios atados y bien atados que permanecen juntos, no porque se hayan esmerado en lubricar sus vínculos, con esa carga erótica del verbo “lubricar”, que tanto apego muestra por la vida, sino por otras razones entre las que figura el miedo a la soledad. Sus lazos están podridos desde hace tiempo, pero mantienen las apariencias.

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Espejos

No me relegarán a empujar el cochecito de mis nietos por el parque. No me empujarán todas las tardes a echar partidas de dominó en la asociación de vecinos del barrio. No me echarán a la calle en chándal blanco y azul marino. Los cinco kilómetros diarios que le sientan bien a mi circulación, que los recorran ellos. No circularé en rebaño manso de jubilados patrios por calles patrias o extranjeras. No, señores. Conmigo, no.

 

Se levantó un hombre. Recorrió la distancia que lo separaba del espejo más cercano sin distraerse y, ya junto a él, se puso a hacer muecas. Divertidas unas, grotescas otras. Comenzó a hablarle, en un lenguaje nuevo, al que remedaba. Adoptó poses. Ridiculizó actitudes. Llegó a bajarse los pantalones y enseñarle al del espejo, contoneándolas, las nalgas blancas repletas de sarpullidos que sólo existían para la noche. ¿A quién se las mostraba? Diría que al administrativo cerrado, pero sobre todo, muerto, que lo acogotaba desde la misma hora en que sus pies salían de la cama y tocaban el suelo del dormitorio.

 

La señora entró al probador. Le quedaba bien. Incluso la hacía más delgada. No sería justo si no resaltara el papel de la dependienta. La estaba tratando como a una reina: no hacía más que traerle modelitos y pruébese éste y pruébese aquél. Le daba conversación. Le cayó bien la dependienta a la señora. Una chica muy mona, como yo a su edad. Allí, en la soledad del cajón del probador, donde no llegaba el ruido que azota las tiendas de ropa, la del espejo tomó la decisión: irás a esa clínica de la revista y saldrás con una cara nueva. Como la de esta chica tan mona. Una cara que él no podrá dejar de mirar.